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sábado, 10 de agosto de 2024

Capítulo 6 La Guerra Innecesaria Los motores TB3-117 en Angola y daños colaterales, Las Primeras preocupaciones, El Ingeniero Soviético




                                                                 TV3-117 turboshaft

En el mes de marzo de 1988, me encontraba en Huambo, al frente de un Regimiento de Helicópteros Independiente (RHI) subordinado directamente al Jefe de la Defensa Anti Aérea de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (DAAFAR) en la Misión Militar de Cuba en Angola (MMCA).

Dicho RHI se encontraba compuesto por dos escuadrones de MI-17, un escuadrón de MI-24 y una pareja de MIG-21BIS. Tenía subordinadas, de forma operativa, una unidad de Tropas Radio Técnicas (TRT) y una unidad de retaguardia y una Unidad Técnica de Explotación (UTE). 


El objetivo del RHI consistía en garantizar la conducción de la aviación de caza y transporte en sus desplazamientos entre los aeródromos de Luanda y Lubango / Luanda y Menongue.
El segundo objetivo consistía en abastecer con combustible de aviación a todos los medios aéreo cubanos que fuesen dirigidos hacia el aeródromo de Huambo.

El tercer objetivo era garantizar las inspecciones a la técnica de helicópteros y mantener una pareja de estos, en cada aeródromo o posición designada por el Jefe de la DAAFAR.
El cuarto objetivo consistía en mantener la posición en el terreno y repeler los continuos ataques de la UNITA sobre las posiciones del aeródromo. Para este fin el RHI había sido reforzado con un batallón de seguridad, cuando normalmente le era asignada una compañía. Hasta aquí, las características (a groso modo) de la composición del RHI de Huambo.


                                                   MIG-21 en Huambo

                                                        Las Primeras preocupaciones

Recibíamos, a diario, quejas de los pilotos en relación a la potencia de los helicópteros. No hacían distinciones entre MI-17 y MI-24.

Como las quejas eran tantas, junto con el Mayor Enrique González Pérez, que era el jefe del escuadrón de MI-24, comenzamos a estudiar la situación sobre el terreno. Teníamos la experiencia de haber volado, diez años atrás, en los helicópteros MI-8, en el mismo terreno en el cual se encontraban operando los MI-17 y los MI-24. Nos parecía increíble que unos helicópteros dotados con motores que triplicaban la potencia de los TB2-117 estuvieran sufriendo las mismas penurias en cuanto al peso útil de carga.

En el año 1978 habíamos descubierto (utilizando los nomogramas confeccionados por la fábrica) que el helicóptero MI-8 no se encontraba preparado para realizar vuelos con un solo motor en alturas superiores a mil metros, sobre el nivel medio del mar. Si al nomograma le añadíamos los datos de temperatura, estos no permitían el despegue en vuelo estacionario sin carga. Claro está, cuando se agregaba el viento (de frente) y la humedad relativa, era posible que el MI-8 lograra cargar hasta de 800 kg, cuando los libros prevén una carga útil de hasta 2 mil Kg. 

Ya de por sí, explicar a nuestros jefes “aéreos” era complicado. Cualquiera se puede imaginar el intentar explicar la situación a un General de tropas.
¿Cómo es posible que este helicóptero se encuentre diseñado para transportar 24 personas (tiene 24 asientos) y ahora éste, pilotico pendejo, me viene con el cuento de que solo puede cargar ocho? Esto era lo mejorcito que pensaban nuestros jefes de tropas.


                        El peor de todos: General Pedro García Pelaez (EL MALO)

En una situación de combate es peligroso andarse con estas “majaderías”.
¿Como hacían los pilotos de helicópteros que salían de Luena para Cangamba con 16 hombres a bordo?

De Luena a Cangamba hay poco más de 200 Km y el MI-8 equipado con un depósito auxiliar de 915 litros alcanzaba un radio de acción de 250 Km. Es decir, aquellos helicópteros se encontraban al máximo de su capacidad. No obstante, despegar como avión tiene la ventaja de aumentar las posibilidades de carga en hasta una tonelada y si se forzaba un poquito a la máquina daba para cargar 16 hombres totalmente equipados pero, en el caso de fallar uno de los motores, no existía garantía alguna de vuelo. Cuando llegaban a Cangamba habían consumido la mitad del combustible o lo que es igual, se habían librado de más de una tonelada de peso y con una pequeña carrerita durante el aterrizaje (cinco o diez metros hacen la diferencia) aterrizaban con relativa seguridad.

No obstante, debo decir que luego de un análisis (en los archivos de la Sección de Aviación de la DAAFAR, en Cuba) de los expedientes; el 99% de los helicópteros accidentados en Angola (correspondientes a aquellos pilotos de la reserva que fueran enviados como relevo, durante la famosa y triste “Operación Olivo”) tuvieron que ver de alguna forma con lo que hasta ahora he relatado*.

Pero bueno, estamos refiriéndonos a helicópteros MI-8, no a los MI- 17, ni a los MI-24. Decidimos escuchar la opinión del Ingeniero principal del RHI, Teniente Coronel Senda.
Nuestra sorpresa y preocupación fue mayúscula.

Senda nos decía que los motores TB3-117 que utilizaban los helicópteros MI-17 y MI-24, estaban presentando unos desgastes inaceptables en los álabes, de entrada, del turbocompresor. Según el Tte. Coronel Senda, estos motores llegaban, de la fábrica, autorizados para 250 horas de vuelo antes de ser retornados a la fábrica para inspección.




Cualquier persona que tenga un mínimo conocimiento de motores de aviación, sabe perfectamente que semejante recurso es demasiado restringido. No en tanto, era lo que teníamos y, estábamos obligados a sacarles el máximo rendimiento posible en situación de combate. ¿Cuántos motores presentaban el desgaste?

¿Se estaban realizando las mediciones de acuerdo a lo establecido por la fábrica?

La seguridad de los vuelos se veía amenazada por una situación verdaderamente surrealista. No era de nuestra competencia declarar la baja técnica de todo un regimiento de helicópteros. Una equivocación nuestra podía ser considerada como actividad enemiga. ¡En tiempo de guerra!

Decidimos informar a la Sección de Ingeniería de Aviación de la MMCA. Pusieron el grito en el cielo. Llegaron los ingenieros de motor y fuselaje y trabajaron durante una semana, midiendo uno por uno los álabes de cada motor, para llegar a la conclusión de que el Tte Cor Senda tenía toda la razón; y lo que es peor: «36 motores TB3- 117» se encontraban fuera de servicio al presentar desgastes superiores a lo permitido por la fábrica. Aquellos motores no habían llegado a consumir las primeras 25 horas de explotación.

Se trataba de más de 15 helicópteros de baja técnica y la posibilidad de que en un breve período de tiempo todos los motores presentasen los mismos problemas.

¡La culpa la tenían los pilotos!

Eso fue lo primero que se le ocurrió a la Sección de Ingeniería de la DAAFAR en la MMCA. Alegaban que los pilotos no conectaban los filtros de aire ubicados a la entrada de los motores. 

¿Podía ser eso la clave del desgaste?

Dejar de utilizar el sistema de filtrado de aire puede aumentar, en un porciento muy pequeño, la potencia de los motores. Parece una nimiedad, pero en casos de extrema necesidad y en situaciones verdaderamente difíciles (que no eran pocas) un poquito más de potencia podía significar la vida o la muerte de decenas de personas. No era el caso pero, por si las moscas, decidimos advertir a todo el personal de vuelo la necesidad de utilizar los filtros y a los técnicos de vuelo se les ordenó reportar la no utilización de los mismos por parte de los pilotos.

El desgaste de los álabes no se mencionó en ningún momento. No era sano crear incertidumbre en el personal de vuelo. Se hacía necesario que los pilotos extremaran sus cualidades como especialistas en la técnica de vuelo y no se aventurasen más allá del límite de sus posibilidades.

Decir esto es sumamente fácil, pero no evitaba accidentes.

La Sección de Ingeniería informó la situación a todos los niveles de la Contra Inteligencia Militar (CIM) en la MMCA y tuvimos una discusión muy seria con el oficial CIM que atendía al RHI debido a que no le habíamos informado del asunto que presentaban los motores.

Se quejaba (el oficial CIM) de que había hecho un papel ridículo ante sus superiores. Yo solo le dije: “Tu trabajo consiste en obtener información”. “Si me hubieras preguntado sobre el por qué los pilotos se quejaban de la falta de potencia, tal vez te hubieras enterado”. 

No le gustó ni un poquito. Tal vez me haya guardado rencor durante mucho tiempo. Puede que hasta me haya pasado la cuenta... ¡Son solo especulaciones!

La Sección de Ingeniería no solo informó a la CIM. También informó para Cuba, que era necesario reponer los 36 motores TB3-117.

Los representantes soviéticos de la fábrica, que se encontraban en Angola, se negaban a reponer los motores, alegando que el desgaste se había producido por un error de explotación de la técnica de aviación. Claro está, estos motores habían sido comprados por el gobierno angolano y no por el gobierno cubano.

Pasaron los meses y para el mes de junio de 1988, junto con Benigno González Cortés (venía a sustituirme al frente del RHI) llegó el Ingeniero Principal de la Sección de Aviación de la DAAFAR en Cuba.

De inicio, culpaba a los pilotos, pero era una persona inteligente y pronto entendió que de aquello, era imposible culpar a los pilotos. Es que había motores que no llegaban a las 25 horas y los álabes se encontraban in-operativos para el vuelo.

Entonces, decidió que era imprescindible que un especialista de la fábrica, ajeno al proceso angolano, hiciera acto de presencia en el RHI y tomara cuenta de la situación. Mientras tanto continuaban las negociaciones para reponer los 36 motores. Entretanto los helicópteros del RHI se encontraban de baja técnica y continuaban volando.

La Sección de Ingeniería, de la Sección de Aviación del la DAAFAR en la MMCA, a instancias del Ingeniero Principal dejó de informar estos helicópteros en el Coeficiente de Disposición Técnica.

* Mario Riva fue inspector para la aviación de helicópteros en la Sección de Aviación de la DAAFAR, mal llamada Fuerza Aérea.

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viernes, 2 de agosto de 2024

La Guerra Innecesaria Capítulo 5 continuación (2) La Malaria





En la práctica existían tres categorías de personal de vuelo: ¡Los pilotos de la aviación de caza, los tripulantes de la aviación de transporte y..., la “gente” de los helicópteros!

Desde que llegué a Huambo, en el mes de enero de 1988 había ido a vivir en la casa asignada al jefe del regimiento que en ese momento era mi amigo el Teniente Coronel Rene Corredera Brito.

El puesto de segundo jefe del regimiento se encontraba vacío y a mi me habían designado como sustituto del jefe para los vuelos. Un cargo totalmente técnico.
El trabajo correspondiente a dicho cargo consistía, en el control de la preparación de las tripulaciones de acuerdo a los ejercicios obligatorios que debe cumplir un piloto, para mantener actualizada su técnica de pilotaje.

La casa del Jefe del Regimiento era amplia, ubicada dentro del complejo de edificios en que vivían los pilotos, el personal de la colaboración civil, los trabajadores de la UNECA y técnicos extranjeros de diversas nacionalidades de los países socialistas.

A la entrada de la casa, un portal, luego venía una sala donde estaba la televisión. Más adentro quedaba el comedor. La cocina se encontraba al lateral izquierdo, saliendo por un pasillo. A la derecha de éste pasillo, el cuarto de Corredera (con baño incorporado). A continuación el cuarto de Victor Pérez Chacón, que aunque había sido trasladado para Luanda, en el cargo de inspector de la sección de aviación de la DAAFAR en la MMCA, se mantenía para cuando Victor visitara el regimiento en compañía de su mujer. Un baño intercalado entre el cuarto de Victor y el mío, que quedaba al final de la casa. Del lado izquierdo del pasillo, otro cuarto que compartían el cocinero y el chofer del jefe del regimiento.

En los días finales de marzo de 1988 había regresado de Cuito Cuanavale, después de haber participado en la “heroica defensa”. 


Cuito Cuanavale en el mapa
                                          Cuito Cuanavale en el mapa de Angola

Al llegar a Huambo me enteré que Corredera se encontraba hospitalizado en Luanda. Había sentido unos dolores en el pecho, que le adormecían el brazo izquierdo.
Me encontraba solo en la casa y esa noche me entretuve en ver una película de video. De repente comencé a sentir mucho frío. Tanto que me entraron unos temblores incontrolables.

Aunque tomaba diariamente las tabletas de cloroquina, sabía perfectamente que éste medicamento no previene el contagio de la enfermedad. Vamos, que todos sabíamos que era una gran mierda. Además de no prevenir la enfermedad, los efectos secundarios eran peores. Podían causar depigmentación permanente de partes del cuerpo, pérdida de visión, desprendimiento de retina, entre otras.

En mi caso, la pérdida de la visión no fue total, solo algunas dioptrías, pero no de forma permanente, eran unas pérdidas esporádicas que los oculistas no llegaban a comprender. La despigmentación sí fue de forma permanente y se muestra en toda su intensidad al exponer a la luz solar la parte del cuerpo afectada. O lo que es igual: Cuando voy a la playa hay partes del pecho y el cuello que no se broncean. Parece como si fuese güito, pero no lo es. No desaparece con tratamiento. El piloto de combate Juan Emer Pita tuvo que ser tratado en la URSS para intentar salvarle la visión.

Al día siguiente estaba con más de 40 grados de fiebre y decidí mudarme para el cuarto que tenía Enrique en el edificio dormitorio de los pilotos, que qudaba enfrente. De esa forma, podía tener la atención directa del médico y de los cuidados de la mujer del jefe del estado mayor del regimiento, que vivía en un edificio contiguo.

Una semana estuve bajo el tratamiento del Dr. Maragoto. Me trató con dosis intensivas de cloroquina, amodiaquina y primetaquina. Hasta lo intentó con tetraciclina, pero nada. No cedía el cabrón plasmodio. No está indicada la utilización de la tetraciclina.

Al cabo de una semana, de casi no probar bocado, el médico decidió enviarme para Luanda en un avión IL-76 de los “amigos” soviéticos.


IL-76
                                              IL-76

Cuando aterrizamos en Luanda, los soviéticos no se dignaron en bajar la rampa de la cabina de carga, por lo que todos teníamos que saltar casi dos metros desde la cabina de carga al suelo, con la mochila de campaña, el fusil AK y los correspondientes tres cargadores, más la pistola y unas granadas que llevaba encima.

Me sentía muy débil y le pedí a uno de los “sukin sin” (que es como suena en ruso “hijo de perra”) de los tripulantes que me buscara una escalerilla, pero como si con él no fuera. La cojonera, en ruso, que formé tampoco dio resultado. Tuve que saltar.

De ahí fui a parar al hospital militar de Luanda.

No recuerdo como. Un médico cubano me atendió. Me realizó el análisis de la gota gruesa y efectivamente tenía no recuerdo que cantidad de parásitos en sangre.

Lo que no le cuadraba al médico era que, después de una semana con malaria aun tuviera los parámetros de hemoglobina dentro de lo normal. Se sorprendió mucho cuando le referí que era piloto. Fue en ese momento que me dijo que debía remitirme para el hospital de la Misión Militar.

En el hospital militar me encontré con un piloto de combate, allí hospitalizado, el cual decía que a él no lo remitían para el hospital de la misión. En medio de mi deplorable estado, cuando llegué al hospital de la misión, se lo comuniqué a uno de los jefes de la aviación que por allí pasaron y me dijo algo así como que el piloto en cuestión era un cobarde y que no estaba enfermo, que estaba fingiendo. Días más tarde lo volví a ver en el pabellón de oficiales donde me recluyeron.

Aquello era una pocilga. No había agua en los baños. Había que cargarla en cubos, para defecar, para bañarse, para todo. El agua de beber se encontraba en unas cazuelas inmundas, donde todo el mundo metía sus respectivos jarros de aluminio.

El calor de Luanda siempre fue insoportable, sobre todo dentro de un mosquitero, aun con un ventilador ruso marca orbita. Entre el mareo de las pastillas, la debilidad y la pésima alimentación, me fui sintiendo mejor.



 Solamente daban el alta cuando el resultado de tres análisis consecutivos darían como resultado la ausencia del plasmodio, pero yo no podía esperar. Sinceramente, tenía miedo de no salir de allí con vida. Aquello no era un centro, era un antro de salud.

Faltándome el último análisis positivo convencí a una doctora para que me diera el alta y regresé a Huambo. A esas alturas ya sabía que posiblemente Corredera fuese evacuado.

Otra vez en Huambo volví a recaer.


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jueves, 1 de agosto de 2024

Capitulo 5 Las Bases Aéreas






El aeródromo de Huambo (Nueva Lisboa) tenía una pista de más de 2000 metros de longitud, por unos 50 metros de ancho. De buena construcción, estaba ubicada en una elevación del terreno con relación a la ciudad; llegando, en su punto más elevado, a tener 1760 metros de altura, sobre el nivel medio del mar. Sin embargo no poseía calle de rodaje, sino más bien dos entradas a la rampa principal. Una de estas calles podría haber sido en otros tiempos una segunda pista o pista de reserva, dado que en el momento en que la conocimos se encontraba destinada al estacionamiento de helicópteros y en ocasiones la utilizaba la aviación de combate o de transporte como calle de rodaje. 


                                                Base Aérea de Huambo

La torre de control se encontraba ubicada en el edificio central, prestando servicio a todas las aeronaves, ya fueran civiles o militares, de manera que allá arriba se encontraban, siempre, dos operadores, uno civil y otro militar (cubano).

Los operadores civiles le daban prioridad a las aeronaves civiles en detrimento de las aeronaves militares. Las aeronaves militares (cubanas), carentes de cultura aeronáutica, no entendían los procedimientos que le indicaba el operador civil.

Era prácticamente una tradición en la aviación militar cubana repudiar todo lo que tuviera que ver con procedimientos y manuales de la aviación civil. Sencillamente nuestros jefes no los entendían. Pocos éramos los que de alguna forma aprendíamos de la aviación de transporte y menos aún los que podíamos hablar el idioma inglés, que a principios de los años setenta era casi un sacrilegio por tratarse de la “lengua del enemigo”.

El Puesto de Mando (PM) se encontraba ubicado en uno de los laterales de la pista. En el mismo lugar radicaba la jefatura de la pequeña unidad de Tropas Radio-técnicas (TRT). Esta unidad se componía de un radar P-35, un radio altímetro PRB-11, un radar de largo alcance P-15, y un radar de aproximación RCP-10.

Estos equipos tenían como misión principal, la orientación de nuestra aviación durante las travesías Luanda-Lubango y viceversa o hacia el este, en su fase intermedia. Los vuelos de la aviación de transporte eran seguidos, celosamente.

La pequeña unidad de Tropas Radio-Técnicas (TRT) se subordinaba, operativamente, al Regimiento de Helicópteros Independiente (RHI). Esta unidad de TRT, era de subordinación directa de la Brigada de Defensa Anti-Aérea de Lubango (DAAL).


La situación de doble subordinación, a pesar de ser completamente normal, nos resultaba extraña debido a lo inusual.
En Cuba, un Regimiento de Defensa Antiaérea (RDAA), ya fuera de artillería o de cohetería, podía tener subordinada una unidad aérea aunque el jefe en cuestión no supiera nada de aviación. 
Invertir los factores era impensable. 

El PM de nuestra unidad era un local parcialmente soterrado. Contaba con un salón de reuniones, un compartimiento para el operador de la pizarra telefónica, un salón para la conducción de la aviación y otro en el que se encontraban las planchetas, desde donde el (Oficial de Guardia Operativo (OGO) del Regimiento, le daba seguimiento a los vuelos y desde el cuál, el Jefe del Regimiento o el Jefe del Estado Mayor, podían tomar las decisiones pertinentes.

Las planchetas consistían en grandes cristales acrílicos en los cuales se reflejaban los mapas. Sobre éste reflejo se situaban las coordenadas y los parámetros de alcance de los radares. De esta forma se plasmaban, punto a punto, las trayectorias de los aviones durante la travesía.

La UNITA podía, sin mucho esfuerzo, mantener un espía en nuestro P.M., de forma permanente. De no haberlo hecho, desaprovechó la oportunidad que tan cándidamente les ofrecimos, por lo menos en Huambo.

De conjunto, ambos OGO (el angolano y el cubano) trabajaban en nuestro PM, ya que ni por equivocación, nuestros camaradas de lucha tenían algo parecido a un PM. Los helicópteros y aviones de transporte, militares angolanos, mantenían su control de vuelos, mediante las autoridades civiles, pues consideraban que no les era necesario.

En realidad, en Huambo los angolanos planificaban pocas operaciones en contra de la UNITA y cada vez que efectuaban alguna, lo hacían subordinados a las Tropas Terrestres, en calidad de Aviación del Ejército (según la denominación soviética), por lo cual tenían otro tipo de organización.

Según mi criterio, este tipo de organización era muy apropiada para la realización de todo tipo de contrabando.

Muchos decían que el OGO angolano no dejaba de presentarse diariamente debido al almuerzo. Aunque esto fuera verdad, no es menos cierto que los navegantes de orientación angolanos, recién graduados en la URSS, se mantuvieron de forma permanente en las instalaciones para dirigir los traslados, hacia y desde el sur de Angola, de la FA angolana.

Era muy significativo que el OGO angolano nunca supiera nada en relación con las actividades del regimiento propio y sin embargo se mantuviera muy interesado de cuanto se le pudiera pegar de nuestros mensajes cifrados y de nuestras inoportunas conversaciones en su presencia. Uno de ellos fue sorprendido “infraganti”, “a falar umbundo” por radio, y llegamos a pensar que se trataba de una conversación con la UNITA.

Una pequeña granja agropecuaria, perteneciente a nuestro regimiento se encontraba muy cerca del PM.
Allí teníamos cría de cerdos, aves de corral, diferentes sembrados y un pozo de agua que tuvimos que ampliar en varias oportunidades; siendo el único pozo de agua de donde se abastecía todo el personal cubano radicado en Huambo.


                                          Lanza Granadas AGS

Era un punto de vital importancia y como tal se mantenía custodiado por una escuadra de infantería reforzada, perteneciente nuestro regimiento; siendo su arma más pesada, un lanzagranadas AGS.

En la cabecera de la pista que se encontraba más alejada de la ciudad, se mantenía de guardia un pelotón de infantería que se subordinaba al Destacamento de Protección de Aeropuertos (DPA).
Esta unidad no se subordinaba, ni operativamente, al Regimiento de Helicópteros y por extraño que resulte, se mantenían destacados en esa posición para proteger las instalaciones aero-portuarias y no a los medios de combate de nuestras fuerzas, que estuvieran dislocados en las inmediaciones.

La distancia entre el pelotón de infantería de la DPA y nuestro Regimiento serían menos de 1000 metros y que recuerde, no existía tan siquiera un acta de cooperación, ni comunicaciones.
El destacamento de la DPA de la cabeza de la pista, se encontraba subordinado al Jefe del Grupo Operativo radicado en Huambo. 

Este era grosso modo el aeródromo de Huambo, con su panadería, su comedor de pilotos y su puesto médico, que para las condiciones existentes, los he visto menos pulcros en otros lugares.

Antes de Cuito Cuanavale, el Jefe del Grupo Operativo era jefe de una Brigada de Tanques (BT), pero después que el General Cartaya avanzó hacia Cuito Cuanavale, al frente de esta posición solo quedó en Huambo un Grupo Táctico (GT), que fue lo que recibió el General Pineo a su llegada a Huambo. Este Grupo Táctico, tenía subordinadas la unidad de DPA y un Destacamento de Protección a Caravanas (DPC). Pineo pertenecía a lo que se denominava “Operación Olivo”.


                                     Pineo en su época de Comandante

A la entrada principal del aeropuerto (parte civil) por la parte lateral izquierda, se encontraba un hangar, que en su oportunidad fuera la jefatura del regimiento de helicópteros cubano y que para 1988 se encontraba en las manos de sus dueños naturales.

Siguiendo el trazado de la pista principal, a la izquierda, se había construido una doble cerca, a unos 600 metros, desde las instalaciones aero-portuarias y a unos 150 metros de la pista principal, cruzando un terraplén que más adelante sería una pista paralela o calle de rodaje (taxiway). En esta doble cerca se cometió, en aras de la lucha contra el robo, el crimen más horrendo presenciado por nosotros durante las dos campañas o misiones internacionalistas.

La doble cerca había sido minada y des-minada en diferentes ocasiones, tanto por cubanos como por angolanos, pero nadie sabía, con certeza, donde o cuando se habían sembrado las minas. No existían documentos que permitieran asegurar nada en relación con este campo.

El caso es que la población angolana, para no tener que bordear la pista atravesaba la doble cerca por diferentes trillos. Los efectivos del regimiento angolano, los utilizaban para sustraer combustible y venderlo en los quimbos próximos al aeródromo. 




La entrada principal a este "predio" estaba situada entre los edificios de los angolanos y los soviéticos.

Hacia la parte posterior del edificio de trece plantas había una explanada con declive hacia un arroyo que corría con rumbo noroeste a unos 400 metros de distancia. Uno de los tantos arroyos existentes en la región donde nacen los ríos más grandes de Angola. El río Cunene nace precisamente en Huambo, a unos 15 kilómetros de distancia hacia el sur.

En esta explanada con declive se habían situado las líneas de defensa terrestre, compuestas por zanjas de comunicación y refugios que salían desde el mismo sótano del edificio. Poco más distante se encontraba un terreno en el cual lo mismo se jugaba football que baseball, en dependencia de los jugadores. Todo el terreno quedaba alumbrado, en la noche, por una red de postes de alumbrado, una red interior, cerca de las líneas de defensa y otra externa casi en los límites del terreno de "foot-base-ball".

La energía eléctrica podía ser abastecida ya fuera por medio de la red civil que mediante la planta eléctrica del edifico de trece plantas.
La planta suministraba energía solamente a los edificios ocupados por los cubanos.

La mini-hidroeléctrica de Huambo sólo comenzó a prestar servicios a finales del 88.

El edificio de trece plantas tenía cuatro terrazas, una en la primera planta, que era donde se encontraba el parqueo de automóviles y el acceso al elevador.
A esta planta se llegaba mediante una rampa de automóviles que al nivel de la calle se mantenía cerrada (en horario nocturno) por una puerta metálica. Aquí se parapetaba la primera línea de defensa del edificio.

Las líneas de defensa terrestre la ocupaba la compañía de seguridad.

Las otras terrazas se encontraban en el piso diez, una para cada apartamento. Allí estaba nuestro apartamento. 

Solamente había dos apartamentos en esta planta, mientras que en las plantas inferiores llegaban hasta ocho apartamentos por piso.
Las terrazas del piso diez se encontraban orientadas, una hacia el norte y la otra al sur.

Desde estas se dominaba perfectamente la línea de defensa terrestre. En la terraza del piso 13 en se encontraba instalada una ametralladora 14,7 milímetros.
Supuestamente, este edificio debía ser defendido por los trabajadores civiles de la educación y la salud aunque en el vivían compañeros de otras muchas disciplinas laborales.

Las condiciones de vida de los pilotos no eran nada agradables.

Al principio de la guerra uno de los pocos entretenimientos era ir al cine de la base o al de los soviéticos. Durante el transcurso de la semana se proyectaban tres películas, tocando a una por nacionalidad, en días alternos.

A los oficiales les correspondía una botella de ron al mes. Recibíamos, también, algún dinero de bolsillo. Primero fueron en escudos angolanos, luego del cambio de la moneda comenzamos a recibir Kwanzas, que para el año 1978 venían siendo, aproximadamente, $20 dólares.

Algún tiempo después, suspendieron la entrega de dinero en efectivo, ofreciéndose como explicación, que la prensa extranjera podía tergiversar los hechos y propagar la idea de que las tropas cubanas recibían dinero al igual que los mercenarios.

La realidad era bien distinta y consistía en que al gobierno angolano le fue del todo imposible abastecer a la población, debido al racionamiento establecido y esto dio lugar al resurgimiento de las “Candongas”, que no no eran otra cosa que plazas de mercado negro en las cuales se podía comprar, prácticamente cualquier cosa.

Estas plazas, como la llamada “Roque Santeiro”, según la constitución angolana, se encontraban fuera de la ley, pero al gobierno no le quedaba otra alternativa que hacerse de la vista gorda para evitar, en lo posible, un estallido social como consecuencia de la hambruna.

Al recibir el dinero en efectivo, los militares cubanos solicitaban autorización para salir a comprar.
¿Pero que iban a comprar en las tiendas del estado? Estaban vacías. De esta forma, la policía militar, tenía que sacarlos de la Kandonga, provocándose escenas vergonzosas que fueron filmadas en oportunidades y la prensa extranjera se encargaba de publicar, como los soldados mercenarios cubanos ayudaban a fomentar el caos.

De esta lujuria por la pacotilla no se salvó nadie, ni los más altos jefes y los pilotos no iban a ser la excepción. En muchas ocasiones compraban cajas de cerveza para celebrar cualquier acontecimiento, otras veces compraban whisky o ginebra.

Esa tienda tenía varios inconvenientes y uno de ellos consistía en que la oferta era pobre en comparación con la Candonga y los precios eran elevados. 


                                              Candonga

El personal comenzó a vender los artículos que les eran entregados para el cumplimiento de la misión.
Los más atrevidos solicitaban de los parientes en Cuba, que les enviaran, por correo, artículos que en nuestro país se pudieran comprar con relativa facilidad para venderlos en la Candonga.

Este fue el inicio del “mercado negro internacionalista cubano”.

Entre el montón de cosas que vimos u oímos vender estuvieron artículos como cámaras fotográficas soviéticas, cepillos de dientes, vino seco “El Mundo”, caretas anti-gases, cigarrillos y muchos más.

Por las noches, en Huambo (1988) nos gustaba escuchar radio o ver televisión. La televisión angolana trasmitía telenovelas brasileñas y portuguesas; y noticieros. No había una red nacional, sino una emisora local que trasmitía en forma diferida estos programas.

Durante un breve período de tiempo, los ingenieros y técnicos de la unidad de TRT se las arreglaron para lanzar al aire una señal televisiva, la cual fue utilizada para transmitir filmes de vídeo.
Duró poco tiempo, pues no teníamos autorización del gobierno angolano para utilizar aquella frecuencia.

Aunque los ordenos duodécimo y decimotercero de la orden número uno del Comandante en Jefe lo prohibía, escuchaba “La Voz del Gallo Prieto”, “La Voz de Sudáfrica”, la BBC de Londres y Radio Exterior de España en frecuencia de onda corta.

En horas tempranas de la mañana se podía escuchar, con bastante claridad, “Radio Habana Cuba”.

Recuerdo la indignación que me embargó cuando las emisoras angolanas, trasmitieron completamente los discursos pronunciados por los representantes de las partes contendientes durante la firma final de los acuerdos de paz. La emisora cubana solo dio titulares y unos comentarios, solo entendibles para unos pocos.

Los videos que nos llegaron por la vía oficial, mutilaron el discurso del representante surafricano.
El des-gobierno de los hermanos Castro Ruz siempre ha preferido darle las noticias pre-digeridas al pueblo. 

El discurso del Ministro de Relaciones Exteriores de Africa del Sur, a mi forma de ver, era un discurso prepotente que nada tenía que ver con la proyección de victoria que transmitían las agencias de noticias cubanas.

Admitían la independencia política de Namibia. Para nadie era secreto que mantendrían el dominio económico. Se debía respetar su voluntad económica y por tanto el derecho de intervenir en los asuntos internos de Angola cada vez que estimaran que se ponía en peligro sus intereses.

Todavía era algo temprano para que pudieran comprender que al régimen del apartheid le quedaba poco tiempo de vida.

El comedor de pilotos, en el aeródromo de Huambo consistía en un refugio bastante espacioso dividido en dos compartimentos, uno para la cocina y el almacén y el otro destinado para el servicio gastronómico. Teníamos preparadas seis mesas con capacidad para seis comensales cada una, lo que permitía servir la comida a todo el personal de una sola vez. En las ocasiones en que tuvimos invitados algunos pilotos tuvieron que esperar un segundo turno.

Durante los días más difíciles la comida no estuvo del todo buena y el pollo se repitió innumerables veces en sus distintas variantes. Nunca faltaron el arroz y los frijoles. Alguna vez faltó el pan, pero casi siempre tuvimos jugos de lata de la marca “Frami” (portuguesa) y otras veces “Taoro”.

Gran diferencia existía entre nuestra dieta y la del personal técnico o de aseguramiento, que aunque tampoco les faltaron el arroz y los frijoles, un día le tocaba sardinas y al otro “Vanderlan”.

Dentro de las latas de Vanderlan se podía encontrar, junto a cualquier cantidad de picante, la carne en forma de picadillo y cualquier otra cosa. Las latas tenían forma cilíndrica.
Según lo que nos habían dicho, los convenios firmados entre Cuba y Angola establecían, que el gobierno angolano se encontraba comprometido a suministrar el 50% de los abastecimientos de 
alimentos a las tropas cubanas. Debido al incremento de las tropas cubanas durante los acontecimientos de 1987-1988, le gobierno angolano se había negado a concedernos los abastecimientos para el incremento de nuestras fuerzas. Nos daban lo que podían.

El Vanderlan no se lo comían ni los nativos que se estaban muriendo de hambre y lo obsequiaban con mucho gusto a los camaradas cubanos.

Al parecer no era tan malo. Que sepamos ninguno de los soldados, cubanos, murió por intoxicación o por hambre. Pero si, que padecieron de gastritis, hemorroides, vómitos y diarreas crónicas. Claro, esto podía atribuírsele a “factores colaterales”.

De Cuba llegaron cocineros, de primera, para atender las necesidades culinarias de los pilotos. Los platos fueron variando y llegamos a degustar arroz imperial, pizzas, lechón asado, dulces finos y otros.

Aquellos que se encontraban acompañados, por sus respectivas esposas, les correspondía un abastecimiento especial para ser cocinado en casa. Se les entregaba una cuota bastante superior al del resto de los pilotos, que no-tenía nada que ver con la libreta de abastecimientos (establecida en Cuba desde 1962) y productos jamás ofertados por el Ministerio de la Industria Alimentaria (MINAL).

Claro que aquí se encontraba incluida la dieta reforzada de los aviadores: Leche “Nido” (en polvo), chorizos enlatados de marca Nobre, bolas de carne procedentes de Argentina, ruedas de queso portugués... Nos tocaban cantidades tan generosas que permitían compartir con la colaboración civil y los asesores cubanos del MININT. Otros compañeros, menos “camaradas”, traficaban el excedente en las kandongas.

En nuestro campamento trabajaban unos pocos nativos y estos se dedicaban a recoger los desperdicios, a los cuales les sacaban bastante provecho. Lo que nosotros considerábamos desperdicios, ellos lo consideraban comida aprovechable. 

En una oportunidad se nos echaron a perder unas raciones frías en conserva. Como consecuencia de la fermentación del producto en mal estado la cubierta metálica, se había reventado.

Nos causó una especie de sorpresa y repulsión ver a un pobre diablo, que normalmente almorzaba y comía en el comedor de los soldados cubanos, engulléndo aquello con la felicidad reflejada en el rostro.

Un día se me presentó un muchachón de 16 a 17 años solicitando que, mi mujer y yo le adoptásemos. Quería ir a estudiar a Cuba.
Esto era muy común y ya algunos jefes habían accedido a estas solicitudes, pero nosotros no estábamos dispuestos a meternos en camisa de once varas y solamente le indiqué lo que debía hacer para lograr sus propósitos.

Al personal angolano que trabajaba en el campamento se le situaba, además del salario mensual, una cuota de comida. El salario verdadero era la comida, porque los “cuanzas” no les alcanzaban ni para empezar.

En un momento determinado nos vimos en la necesidad de rebajarles la cuota y por poco se van a la huelga. Menos mal que luego ellos mismos llegaron a la conclusión que era mejor recibir menos que no recibir nada.

Una de las trabajadoras angolanas llegó a decir: “Los colonialistas portugueses eran mejores que los cubanos. Ellos daban ustedes solo quitan”.

No recuerdo exactamente el momento en el que un Jefe de Regimiento se encontraba debidamente autorizado para que su mujer lo acompañara durante el transcurso de la misión.
Ambos tenían derecho a vacaciones cada seis meses y de acuerdo con grado y cargo militar le correspondía una cantidad de dinero para gastos de bolsillo, a cada uno, que podía llegar hasta las 1200 Cuanzas sin importar las posibilidades que no tenían otros oficiales.

Este dinero se iba acumulando mensualmente hasta el momento de las vacaciones. Para esta fecha el acumulado permitía la adquisición de alguna “pacotilla” en la tienda de la Misión. Podía consistir, desde un calzoncillo, hasta una lavadora automática con varios programas, pero sobre todo de marca “capitalista”. Era sumamente difícil encontrar en esta suerte de tienda artículos fabricados en países socialistas de Europa Oriental.

Podía ocurrir que al jefe en cuestión no se le hubiera asignado un automóvil en Cuba, sin embargo en Angola se encontraba uno a su disposición. Podía suceder también, que el apartamento que éste jefe tenía en Cuba fuera de los de “micro-brigada”, con sus correspondientes defectos constructivos y en Angola viviera en mejores condiciones, cuando no en una casa a todo meter y con todas las comodidades.

A su llegada a Cuba, de vacaciones, además de la “pacotilla” podía optar por una reservación en los mejores centros turísticos, a lo que no tenía derecho trabajando en Cuba.
Se encontraba con su sueldo y el de su mujer íntegros, a nos ser que lo hubiera dejado asignado para sufragar gastos del resto de la familia.

La cuota de la libreta de abastecimientos no se tocaba, por lo que sus familiares recibían doble cuota y si los hijos se encontraban en el sistema de becas, se beneficiaban hasta los abuelos.
¡Los Reyes Magos llegaban cada seis meses!

Conocí a un jefe de la aviación de caza que mantuvo éste status durante ocho años. Lo más curioso era que todos los compañeros se compadecían de él. No es menos cierto que algunos hicieron su medio de vida en la RPA.

Entre los tipos de aviación existían diferencias, privilegios y discriminaciones. Escuchar a los pilotos de la aviación de caza utilizar el sobrenombre de “melones” refiriéndose a los helicópteros o, cafetera y chipojos al referirse los pilotos de helicópteros a la aviación de caza o transporte respectivamente, era algo común. 

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martes, 23 de julio de 2024

La Guerra Innecesaria Capítulo 3 La Peligrosa Ruta del Café Continuación 3



Muchos de sus compañeros de unidad, en Angola, consideraban que el problema más grande que tenía Emilio, era su matrimonio. Todos sabían que necesitaba ir a Cuba urgentemente y así lo había solicitado. No había salido en el primer grupo pues el mando superior y el núcleo del partido, por él presidido, habían determinado que otro piloto, que había estado sometido a mayor estrés saliera de vacaciones antes que él.

Emilio esperaba, con ansiedad, que Argelio Morell concluyera sus vacaciones.

Todo esto lo conversé con Lachiondo, pero no había nada que hacer. Las otras tripulaciones se encontraban cumpliendo diferentes funciones. Una de las tripulaciones, como ya he relatado, se encontraba de vacaciones, otras dos para Cabinda y Menongue . Solamente quedaban disponibles las tripulaciones de Emilio y la mía. Lachiondo sabía perfectamente que el regimiento aéreo se quedaría huérfano de helicóptero de BSR.

A fin de mantener comunicaciones directas con el PM de Luanda, Jorge Luis incorporó a un operador de radio “Racal”. Llevaba también un documento mecanografiado y firmado por el Coronel Lachiondo, poniendo a disposición del mando angolano los dos helicópteros.


                                                       Racal

La estación de radio “Racal” era necesaria debido a la increíble imposibilidad para los medios terrestres, marítimos y aéreos de las fuerzas armadas cubanas de, establecer la cooperación radiofónica, con los equipos de radio inherentes a las aeronaves, unidades de superficie y cualquier otro tipo de medio que no fueran los anteriores. Sencillamente, las frecuencias utilizadas por las tres armas eran incompatibles. Unos transmitían y recibían en frecuencia modulada, otros en amplitud modulada. En otros casos la gama de frecuencia en que trabajaban unos y otros eran totalmente diferentes.

Había amanecido con un techo de nubes que cubría toda la bóveda celeste. 

A simple vista, la altura de la base de las nubes no sobrepasaba los 150 metros. Pudieron confirmar los cálculos cinco minutos más tarde, durante el despegue de un avión de transporte del tipo “Casa 212”, de fabricación española, que operaban los pilotos angolanos.




Entre una cosa y otra, Emilio hizo un aparte conmigo, para preguntarme si consideraba oportuno despegar en semejantes condiciones.

Ya teníamos conocimiento de que el borde superior de las nubes se encontraba en los 800 metros de altura y que la nubosidad no representaba peligro alguno para la navegación. El pronóstico meteorológico definía las condiciones como una simple masa de aire frío penetrando desde el océano en el territorio continental.

Esta masa de aire procedente del océano se condensa al chocar con el calor seco del continente, formando una espesa capa de nubes a la que llaman “casimbo”.

Retrasar el vuelo, teniendo en cuenta que el tiempo tenía intenciones de permanecer igual en los próximos días, no me parecía una buena idea.

El obstáculo a superar consistía en que con 150 metros de borde inferior de las nubes era poco probable que pudiéramos llegar a Negage por debajo. En la travesía encontraríamos alturas del terreno entre 800 y mil metros de altura.


                                    Montañas saliendo de las nubes

Por otro lado, retrasar el cumplimiento de una “misión” supuestamente emanada del mismísimo “presidente” de Angola y avalada por el mismísimo Jefe de la MMCA, necesitaba ser debidamente explicada al mando superior y desde el mes de diciembre del año anterior ya tenía acumulados demasiados “peros” a las misiones asignadas. Los jefes no le daban la menor importancia a que los “peros” estuvieran debidamente registrados entre aquellos parámetros conocidos como peligrosos para la aviación.

Luego de hacer algunos cálculos, tomé la decisión de despegar hacia el aeródromo de Negage, ascendiendo por encima del overcast. La distancia a recorrer entre Luanda y Negage es de aproximadamente 250 kilómetros en línea recta, los cuales se cubrirían en aproximadamente una hora y quince minutos.

Los helicópteros se encontraban abastecidos con dos mil trescientos litros de combustible, lo que les permitía una autonomía de aproximadamente 3 horas de vuelo.
De acuerdo con éste cálculo si, al llegar a Negage, no teníamos posibilidades de aterrizar, aun era factible regresar a Luanda y todavía nos quedarían 30 minutos para realizar un procedimiento de aterrizaje utilizando las reglas de vuelo por instrumentos (VFR en inglés).

Aun con toda esta explicación Emilio no estaba conforme. Insistió, dos o tres veces más, en que él no consideraba necesario correr semejante riesgo. Le entendía perfectamente y todos coincidíamos (en nuestro interior) que tenía parte de razón en sus planteamientos. Pero al final se impuso el criterio del jefe.

No obstante y para intentar forzar la situación, propuse despegar en solitario y una vez atravesada la capa de nubes, informar las condiciones meteorológicas, de forma tal que Emilio se me uniera o ambos desistiéramos.


Oscar Machado Hernández, que hacía las veces de copiloto en mi tripulación, era de mi misma promoción. No se caracterizaba tampoco por su calidad en lo referente a la técnica de pilotaje. Su mayor virtud, era ser un piloto de tomar decisiones. Buenas o malas, pero eran las suyas. Y como suyas, tan respetables como las del resto de los pilotos.

Cuando rompimos el borde superior de las nubes Machado dijo por el intercomunicador de abordo:
“No creo que Emilio se atreva a atravesar la capa de nubes”.
¡Se equivocó!

El Tte. Coronel (r) Oscar Machado Hernández (compañero y amigo), leyendo el libro

No habíamos terminado de realizar un giro de 360o, para esperar al segundo helicóptero, cuando ya estaban por encima de las nubes con rumbo a Negage. Segundos más tarde informaban que ya tenían a la vista al helicóptero líder.

Romper el borde superior de la capa de nubes, siempre nos provocaba una doble satisfacción. La de ser capaces de volar por instrumentos; lo que reafirmaba la condición de dominar la técnica de pilotaje, unido al cambio súbito de un tiempo gris y pesado, que reduce la visibilidad, para un efecto totalmente opuesto de sol radiante que les hacía la ilusión de ver más allá de las posibilidades.

El sonido de las turbinas y la sensación de estar flotando sobre una alfombra de nubes, compacta y homogénea, proporciona un estado de bienestar y seguridad.

Ese era el aspecto que presentaba la ruta establecida hacia Negage. De vez en cuando aparecía algún picacho entre la alfombra blanca, recordándonos que por debajo de esa apacible nubosidad se encontraba la boca del diablo en forma de afiladas sierras montañosas.

Durante el trayecto, realizado en una altitud aproximada a los 1500 metros, logramos establecer el radiofaro de Negage.
Se trataba de un radio-faro no direccional. Era muy simple y antiguo. Este sistema enviaba una señal de radio permanentemente, que podía captarse desde todas las direcciones.


Mediante un instrumento a bordo de la aeronave, llamado por sus siglas en inglés ADF cuyo significado viene a ser “buscador automático de dirección”, captamos la señal acústica cuya identificación respondía a la pretérita clave “Morse” y aquel instrumento nos proporcionaba la dirección hacia el punto del terreno donde se encontraba situada la planta emisora.

Al menos sabíamos con exactitud el momento de reportar la vertical del radiofaro de Negage y en caso de imposibilidad de aterrizaje regresar a Luanda. Solo bastaba establecer el rumbo y, con la ayuda del NDB y el ADF podíamos hasta determinar el desvío de la ruta provocado por el viento reinante en la travesía.

En aquellos tiempos, la navegación aérea en Angola, era complicada. Los pilotos carecíamos de mapas confiables y nunca teníamos la certeza de poder contar con los equipos terrestres de ayuda a la navegación. Muchas veces se encontraban fuera de servicio. La mayor parte del tiempo por falta de energía eléctrica.

Casi a la mitad del trayecto tuvimos contacto por radio con un avión de transporte, procedente de Uige. Se trataba de un AN-26, al mando de cual venía Eddy Guillen. Intercambio de saludos y parámetros de vuelo y la mejor noticia. El borde inferior de las nubes, en Uige, era de 300 metros sobre el nivel del terreno.

La distancia entre Uige y Negage no es superior a 30 kilómetros en línea recta. La altitud del aeródromo de Uige, con relación al nivel medio del mar, es de 600 metros. Negage se encontraba a 1250.

La ciudad de Uige se encuentra situada literalmente en un hueco y rodeada de una meseta con alturas de más de mil metros. Tenía el acceso aéreo bastante limitado durante tiempos de tormenta. Incluso el patrón de aterrizaje por instrumentos era complejo en 1978. No por causa del sistema en sí, sino por su estrecho margen de maniobra. Era lo más parecido a un avión caza-tormentas entrando en el ojo de un huracán.


https://www.amazon.com.br/Border-War-Angola-Ruacana-Unnecessary/dp/1729536557

 

 


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