jueves, 15 de febrero de 2007

PROSPERO O EL AMIGO DE MI AMIGO

Mi amigo, desde la cuna, siempre tuvo pinta de gente próspera aunque usted, debido a su miopía intelectual no lo haya notado. Era, en lo que en buen cubano se le llama un hombre de suerte, no importa que alguien haya dicho que la suerte es el pretexto de los fracasados. Tenía iniciativas creadoras y todo le salía bien. Vaya era de esas gentes que siempre juegan a ganar.

Pero el viejo Gorbachov partió el bate con eso de la perestroika y la glasnost. Ni él mismo pudo calcular de antemano el alcance de su proyecto. Al final, no quedó “más remedio” que aplicar una serie de medidas, como la despenalización del dólar, el trabajo por cuenta propia etc…

El período especial, consecuencia directa de la caída de la Unión Soviética y el resto de los países socialistas, trajo aparejada la carencia de trabajo. Mi amigo se puso más flaco que las siete vacas juntas, hasta perdió su empleo, pasando a ser parte de la asistencia social de la nación.

Sin abandonar sus principios “revolucionarios”, tuvo que trabajar en lo que pudo (la jubilación no le alcanzaba para más de una comida diaria). El perro comenzó a parecerse más a un porcino que a un cánido debido a la dieta forzada de cáscaras de cualquier cosa. Los gatos de la cuadra fueron desapareciendo.

Mi amigo era universitario, dominaba varios idiomas, tenía cumplidas tres misiones internacionalistas (llevaba el pecho lleno de medallas). Ahora, en medio del período especial, no cejaba. Era secretario general de un núcleo zonal del PCC, Jefe del Sistema Único de Vigilancia y Protección (SUVP) y responsable de vigilancia de su CDR, cuando todo cambió.

No puedo decir que mi amigo no lo estuviera buscando, pero la entrada a las firmas no era tan fácil como alguien pudiera suponer. Lentamente las firmas fueron aportando lo que tanto necesitaba la economía fidelista: El financiamiento en el cuál apoyarse para salir adelante. Otras firmas, con sus inversiones a riesgo hicieron posible continuar las prospecciones mineras, lo que posibilitó la disminución de los famosos apagones de 18 horas. La reanimación de la economía fidelista se debió, en un por ciento bastante elevado, a las firmas.

Mi amigo no es empresario y mucho menos un hombre de negocios. Mi amigo no es más que un trabajador asalariado, que aporta mes tras mes una cantidad de divisas a la economía mediante una agencia empleadora (explotadora).

Cuando mi amigo leyó una crónica de Juventud Rebelde, mal titulada “Próspero”, fue cuando puso la cara de careta de carnaval. ¿No se sentiría el periodista, avergonzado de escribir tanta excreta?

Periodista, al parecer traumatizado por la falta de papel, comenzó a escribir artículos groseros, llenos e preservativos recapados y otras obscenidades.

Tergiversó la verdad y comenzó a tildar a mi amigo de brutico y que no sabía ni montar guagua, cuando la realidad es que para trabajar en una firma se necesitan tantos requisitos, que no todos los trabajadores pueden cumplimentarlos. El primero de ellos es el de aparentar ser revolucionario y demostrar su integración.

El periodista amigo de mi amigo no tiene claro que la apertura al capital extranjero, al turismo, a las remesas de dinero de la comunidad fue una necesidad, “porque no nos quedó otra alternativa” (palabras de Fidel Castro), para de esta forma salvar “la Patria, la Revolución y las conquistas del Socialismo”, a sabiendas de que todo esto nos iba a traer diferencias sociales y problemas diversos a los que nos estamos enfrentando, una década más tarde.

Ahora mi amigo tiene un carro con aire acondicionado y cristales negros, pero sigue siendo “revolucionario”, “militante del Partido”, “!secretario general de un núcleo!”, “delegado a la asamblea municipal del PCC de su municipio”.

¿Será el periodista, amigo de mi amigo, un resentido, un extremista de izquierda? Vladimir Ilich dijo: “rásquese la piel de un extremista y encontrará un oportunista”. ¿Será solamente grosera envidia?

El amigo de mi amigo aparenta, ser un periodista que no ha evolucionado. En otras partes del artículo da la impresión de tenerle miedo a la crítica frontal, para lo que utiliza la forma velada de criticar sin decir nombre ni apellido, pero sigue siendo compañero de mi amigo, aunque él sea menos compañero, o mejor dicho, que haya convertido, de ésta forma, a mi amigo en enemigo.