Mostrando entradas con la etiqueta camilo cienfuegos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta camilo cienfuegos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de octubre de 2014

Hace 55 años que un Comandante de la Revolución cubana fue declarado traidor


Hubert Matos, en carta dirigida a Fidel Castro y sin que se derramara una gota de sangre, hacía formal renuncia de su cargo al frente del Regimiento de Camagüey y era detenido (acusado de alta traición) por el Comandante Camilo Cienfuegos.

Pocos años más tarde verían la luz las premoniciones del Comandante Matos. Fidel Castro traicionaría al pueblo cubano, imponiendo una dictadura totalitaria neo feudal, amparándose en las ideas de un alemán llamado Karl Marx.

Hubert Matos se lo decía por lo claro a Fidel Castro: El pueblo cubano no había hecho la revolución para imponer un sistema comunista en Cuba, sino para restaurar la democracia y la Constitución del 40.

El jefe militar de la plaza venía dando señales del apego a las tendencias neo feudalistas de Fidel Castro apoyadas en el culto a la personalidade y su coqueteo con el tenebroso imperio soviético.

Por eso a Fidel Castro no le sorprendió la carta-renuncia que a título de privado le enviara y recibiera en la tarde del 19 de octubre.

Fidel después de acusarlo de deslealtad y que solo le preocupaba “el daño a la Revolución” anunció que el Comandante Camilo Cienfuegos recibiría el mando del Regimiento.

La noche de ese día el Jefe de las Fuerzas Armadas, Comandante Camilo Cienfuegos fue localizado con urgencia para que se presentara en Ciudad Libertad. Cuando llegó al lugar Fidel y Raúl hicieron un aparte con él. La misión que se le encomendaban era trasladarse para Camagüey, donde Matos seguía dando "señales de insubordinación":

El Comandante Hubert Matos no se personó en la Plaza de los Trabajadores, en donde se había convocado un acto para conmemorar un aniversario más del asesinato del líder campesino (vinculado al Partido Socialista Popular) Sabino Pupo. Esa era una "señal"-

Jorge Enrique Mendoza Reboredo, intelectual de poca monta, servía de soplón a los hermanos Castro. Les informaba de todo y alguna cosa más de su propia cosecha.

Temprano en la mañana el Doctor Miguelino Socarras, ex oficial rebelde, llegaba a la casa del Comandante del Regimiento que se encontraba dentro del complejo militar. El Doctor Socarras le pidió a Huber que huyera con él de Cuba. Le dijo que él tenía un avión y un piloto listo a minutos de allí. Que había que evitar que lo lincharan. Huber se negó a huir diciéndole: “Me arrastrarán ahora, pero tal vez esto salve al país.”

El Comandante Hubert Matos explicó a sus subordinados la situación que acontecía, bajó a la calle y habló a los soldados en formación:

Fue, de compañía en compañía advirtiéndoles a sus hombres que: “esto es una trampa, no podemos caer en el error de dejarnos provocar. Yo soy el objetivo principal, pero lo que quieren provocar es una confrontación para que haya muertos y así justificar una sublevación.”

Muchos momentos trascendentales transcurrieron el 21 de octubre con la llegada de Camilo y luego de Fidel Castro, quien sabiendo la importancia de mantener "informado" al pueblo convocó a Mendoza a decir por la Radio su versión de lo que sucedía.

Otro de los momentos trascendentales es el nombramiento de Raúl Castro como Ministro de Defensa, lo que le subordinaba de inmediato al Jefe de las Fuerzas Armadas (Camilo), con muchos más méritos militares que el hermano de Fidel y muchísimo más querido por el pueblo.

Pasados los años el des-gobierno de los hermanos Castro, adulterando la historia, han intentado hacer coincidir la agresión trujillista con la dimisión del Comandante Hubert Matos.

Nada más falso y menos congruente. La invasión trujillista por Trinidad fue un día 13 de agosto de 1959, en respuesta a la invasión fidelista contra el régimen de Trujillo, del 14 de junio de ese mismo año.

https://www.amazon.com/-/es/Mario-Riva/dp/1542354021

 

Wikio – Top Blogs

lunes, 1 de noviembre de 2010

Memorias de Tarará



                                                                En la playita. Al fondo el Tarara Yacht Club


Resulta que hoy en día las únicas memorias de Tarará son la de Yoani Sánchez y sus “casonas particulares” para el disfrute de los hijos de obreros (ella no menciona a los hijos de los campesinos).

Relata Yoani que sobre un césped, de la ribera del río Tarará, formarían cinco grandes círculos, representativos de los cinco continentes. Ese mismo río, que no tiene más de 3 kilómetros de extensión y que si hoy presenta una anchura considerable no es por obra de la madre naturaleza, sino por los meses y tal vez años que fuera dragado a fin de construir una Marina digna del Yacht Club. Por cierto, los jardines que menciona Yoani se encuentran en las cercanías de la capitanía de la actual Marina. De ahí hasta el puente de la Vía Blanca es solo terraplén fangoso. A mi me tocó ser tararéense antes del primero de enero de 1959.

Mis abuelos compraron una parcela de aquel reparto, propiedad de la familia norteamericana de apellido Webster. El viejo Webster, a su vez (según me contaron Joseíto y Lucía, los padres de July) había comprado aquellos terrenos en una bagatela. Se trataba de unas cuantas caballerías de “diente de perro” impenetrable y totalmente insalubre, donde tal vez se hubiera dado, en la persona de Joseíto, uno de los últimos casos de paludismo del Siglo XX, en Cuba.

La casa fue construida en 1952. Situada en el número 33804 del camino 23 entre 8 y Santa Elena, estaba compuesta por dos plantas, carporche, jardín al frente y atrás. En la planta baja una sala amplia que incluía una barra, un sala más pequeña (al fondo) para la televisión y el radio tocadiscos. Al fondo y a la derecha el comedor. Se encontraba también un baño auxiliar (inodoro y lavamanos) para las visitas. Luego venía la cocina y el cuarto amplio para dos sirvientas, con su bañito apretado. Vamos, que cuando Clara, la manejadora de mi hermana, se bañaba, se mojaba el inodoro y el lavamanos.


La cocina se componía de una habitación muy amplia, que incluía una mesa para cuatro o seis personas (era extensible), un fogón de gas, de cuatro hornillas (horno incluido), un calentador de gas (con piloto), un fregadero amplísimo y alrededor de las paredes un sinnúmero de estantes donde colocar los enseres. Por supuesto, no podía faltar el refrigerador, que era del tamaño de una persona de estatura algo superior a la media. No tenía nevera congeladora. Mi familia no acostumbraba a congelar alimentos.

Dos o tres años después de terminada nuestra casa, en el lote contigua (que hacía esquina y era más caro), construyeron su casa Joseíto y Lucía, donde por cierto me caí en la fosa (aun por terminar y como no podía salir pasé un gran susto). Tendría seis o siete años. Del otro lado del carporche, había una rampa donde cabían hasta tres carros. Vamos a ver: Entre la rampa del carporche y el carporche mismo cabían dos automóviles y en la rampa contigua tres. Sobraba espacio para el Buick 56 de mi abuela, el Ford 57 y el “Henry J.” de mi mamá, que en aquella época era un automóvil pequeñito.


La parte superior de la casa se componía de dos alas. En el ala izquierda se encontraban dos cuartos (4 por 3 metros), con baño intercalado. Uno de ellos correspondía a mi abuela y que solo era utilizado los fines de semana. El otro era mío y de mi hermana. Papá y mamá utilizaban el cuarto del ala derecha (5 por 4 metros), que tenía baño interior y una terraza (3 por 2 metros), desde la cual salté innumeras veces hacia el jardín, por encima de un seto de crotos que quedaba directamente debajo.

El 99% de las casas eran lo que se llaman casas modestas de familias de clase media. Éramos pocos los residentes permanentes, entre los cuales se encontraba mi amigo de la infancia Fidelito Castro Díaz-Balart, con el cual compartíamos “guerras de almendras” y “fusilamientos” de fotografías del General Batista.
Fidelito Castro Díaz-Balart

Es cierto que había casas fastuosas, no lo niego. Una de ellas era la del depuesto presidente de la República Dr. Carlos Prío Socarrás.

Algunos seudo-historiadores, faltos de rigor, nos quieren hacer creer hoy, que Tarará era un suburbio de la Ciudad de La Habana, cuando en realidad era parte del Municipio de Guanabacoa.

La comunicación con la Gran Ciudad fue extremadamente penosa, aun con la utilización de la Vía Blanca, aun no terminada. Se bordeaba la bahía habanera, pasando por Guanabacoa, Luyano, La Víbora, hasta la Ciudad Deportiva.

Recuerdo que ya fuese en en los Hermanos Maristas de la Víbora o, en el Colegio Baldor, siempre el pisicorre de Tacoronte o las guaguas de Baldor, nos llevaban y traían por ese trayecto dos veces por día. Hasta que en 1958 queda por fin terminado el Tunel de la Bahía.

Otro de mis recuerdos de la época era ver las prácticas de tiro del Ejército de Batista, contra los taludes ubicados en  dirección a la costa, entre lo que se conoce comoLa Playa del Chivo y lo que actualmente constituye La Habana del Este.


Portada de Tarará
Tarará llegó a tener, campo de softball, cancha de frontenis cubano (que no squash), bowling, autocine (con capacidad para 500 automóviles), bomba de gasolina, farmacia, Mínimax, central telefónica, iglesia, cuartel de la guardia rural y policía particular. Nunca llegó a tener piscina. De inicio tuvo hasta un pequeño cuartel de bomberos. La iglesia y la central telefónica se encontraban en la parte de debajo de la loma. A la parte de la loma le llamaban “La Siberia”. Allí vivíamos nosotros. ¡Cuan lejos estábamos de pensar que muy pronto nos visitarían los siberianos!

Tarará no era un pueblo, ni una villa, ni una aldea. Era un “Reparto Residencial”, parcialmente urbanizado. Pocas de sus calles eran asfaltadas. La mayoría eran pedraplenes, que hacían insoportable pasear en bicicleta. No tenía alcantarillado. Las calles tenían alumbrado eléctrico. El agua era salobre.
Muchos de los trabajadores, en su mayoría procedentes del pueblecito de Barreras, la bebían y nosotros (los muchachos le imitábamos). Jamás enfermamos por esa causa. Tal vez por otras.
La incipiente televisión se captaba con deficiencia, siendo insoportable el paso de los aviones “Super G Constelation”, aquellos de las tres colas, que lentos y pesados nos sobrevolaban, en su ruta a Miami y New York e impedían durante un inacabable espacio de tiempo, ver las aventuras de Rin Tin Tin.

Tarará era tan, pero tan cerrado, al público exterior, que para entrar había que pedir permiso a los residentes. No había robos.
Después del primero de enero de 1959 comenzaron a entrar, primero, personajes ajenos.
Allí vi, en primera, persona a Camilo Cienfuegos y al Ernesto Guevara compartir bromas. Como “consecuencia de su extraña dolencia asmática, Guevara se instaló en la casa del Dr. Carlos Prío Socarrás. Camilo era más…, de pueblo.
La "casita" de Carlos Prío Socarrás, utilizada por Guevara






























http://manchiviri.blogspot.pt/2016/09/las-mil-y-una-historias-de-tarara.html

                                                   

Las muchas caras de Tarará

El enclave habanero, en el punto de mira por la popularidad de 'Chernóbyl', ha sido barrio burgués, campamento y hospital

LUZ ESCOBAR, La Habana

                                                     Lo que queda del teleférico


Pocos barrios cubanos han cambiado tanto con el paso del tiempo como Tarará, al este de La Habana. Pasó de ser un glamuroso condominio a campamento pioneril, después se convirtió en hospital para niños afectados por el accidente nuclear de Chernóbil y más tarde en escuela de español para estudiantes chinos. A cada uno que se le pregunte tiene recuerdos diferentes del sitio.
La popularidad de la serie Chernobyl, producida por la cadena estadounidense HBO y difundida en la Isla a través del paquete, han puesto en el punto de mira la zona. Los medios oficiales han arremetido contra el guión de la ficción estadounidense, al que acusan de tendencioso y de no mostrar la atención médica que recibieron en Tarará muchos niños afectados en los años posteriores a 1986.
Yanet tiene 45 años y que durante su escuela primaria pasó varias semanas en el Campamento de Pioneros José Martí en este barrio. Para ella, la memoria tiene otros tintes más relacionados con actividades docentes y de la organización estudiantil. "Desde primero y hasta sexto grado fui casi cada grado a Tarará. Allí dábamos clases y hacíamos actividades recreativas en la tarde", recuerda.

"Me gustaba ir porque era divertido pero también extrañaba a mi familia. La playa es muy linda y también había uno de los mejores parques de diversiones de toda La Habana pero se echó a perder con el tiempo y ya no queda nada", cuenta. La Ciudad de los Pioneros, como también se conoció, fue inaugurada en julio de 1975 por Fidel Castro.
"Ese fue un típico gesto a lo Robin Hood", reprocha Yanet. "Era como decir que le quitaban las casas a los ricos que se fueron de Cuba y se las daban a los niños y las familias que antes eran pobres. Pero con el tiempo también nos las quitaron a nosotros". Los enormes chalets, los condominios de ventanas francesas y amplias terrazas recuerdan aún su pasado burgués.
En las 525 casas de este pequeño paraíso solo quedan 17 familias de las que originalmente habitaban Tarará en los años 50. El resto emigró o perdió su propiedad tras la llegada de Fidel Castro al poder.
En los años 80, coincidiendo con el boom del subsidio soviético, el enorme complejo llegó a contar con un centro cultural, siete comedores, cinco bloques docentes, un hospital, un parque de diversiones y hasta un atractivo teleférico que cruzaba entre dos colinas sobre el río Tarará y del que hoy solo queda un amasijo de hierros oxidados.
Ahora, el pueblo se dispone a vivir una nueva reconversión, pues se ha anunciado la vuelta un grupo de 50 niños ucranianos descendientes de los afectados por el desastre nuclear de Chernóbil.
Otro de los cambios en el rostro de Tarará y que más quejas ha levantado es el cierre de la escuela para asmáticos y diabéticos Celia Sánchez Manduley, un internado en el que las horas lectivas se combinaban con la preparación específica para convivir con esas enfermedades. El asma afecta a 92,6 cubanos de cada 1.000 habitantes de todas las edades, según datos de la Comisión Nacional de Asma y de la Sociedad Cubana de Alergia, Asma e Inmunología Clínica.
Aunque ya se ha cumplido un año del cierre, los exalumnos del centro y sus familiares siguen esperando una respuesta de las autoridades de Educación.
Tarará se convirtió en hospital para niños afectados por el accidente nuclear de Chernóbil. (Enrique de la Osa)
Los cinco años que pasó, entre 2008 y 2013, Luis Alejandro, nombre ficticio de uno de los estudiantes, los recuerda gratamente. "Esa escuela no tenía nada que ver con las del resto del país, había excelentes profesionales, todo era genial", recuerda. Los alumnos pasaban toda la semana lectiva en el internado, llegaban el domingo a las seis de la tarde y salían los viernes, después del almuerzo en una guagua de la propia escuela.
"Teníamos una rutina. Como en todas las becas nos levantábamos a las 6, lo primero que hacíamos antes de asearnos era tomarnos el medicamento", detalla. A pesar de que en el resto de las escuelas del país hace años que se erradicó el concepto de merienda, Luis Alejandro y los otros pacientes asmáticos recibían puntualmente tres refrigerios diarios además de las comidas.
Pero lo más importante era el tratamiento para su enfermedad. "Este tiempo ahí me ayudó mucho y nunca faltaban las medicinas. Nos acostumbraron a hacer ejercicios para la respiración y a convivir con la enfermedad". También se enseñaban a los estudiantes diabéticos a inyectarse ellos mismos la insulina y a medirse el azúcar en la sangre.
Pero un día todo terminó. "El cierre llegó sin que nadie lo esperara, lo primero que sucedió fue que desde el Ministerio de Salud Pública mandaron convertir el hospital de la zona en uno de atención para los turistas que estaban dentro de Tarará, al estilo de La Pradera (un centro asistencial destinado a extranjeros). Ese experimento no funcionó y lo cerraron. Ahí comenzó el problema, porque sin un hospital cerca con todas las condiciones, la escuela no podía quedarse", recuerda.
"La primera medida que tomaron fue cerrar la inscripción. Luego esperaron a graduar al último curso de noveno grado y entonces la cerraron en junio del año pasado", explica Luis Alejandro. El local todavía pertenece al Ministerio de Educación pero el inmueble está sufriendo la falta de uso y mantenimiento.
Desde que la escuela se creó en 1985 y hasta 2013 (último año del que hay datos disponibles) fueron más de 5.000 los niños asmáticos y alrededor de 500 los diabéticos que se atendieron allí. La instalación estaba cerca de la playa y ese aire puro era muy beneficioso para los asmáticos.
El 29 de junio del pasado año, el mismo día del cierre de la escuela, Carlos Javier Acosta, uno de sus estudiantes, lamentaba la situación en Facebook. "Hoy realmente fue un día triste para mi. Fue el último día de la escuela que observó parte de mi infancia y adolescencia, la escuela donde aprendí a vivir con mi enfermedad, donde conocí la amistad, donde me formé como una persona de bien, donde aprendí a ser independiente gracias a que era becado" (sic.).
Para otros, el día más triste fue cuando dijeron adiós no solo a Tarará sino también al país. "Mi padre había comprado un terreno en el lugar y construyó una bonita casa de dos plantas con vista al mar", recuerda Gerardo Ponce, un exiliado cubano cuya familia salió de la Isla solo con lo que pudieron "cargar en las maletas", según recuerda. Su padre había levantado un pequeño negocio farmacéutico que le fue confiscado a inicios de los 60.


"No quiero volver porque ya no es lo que era y no quiero echar a perder mis recuerdos", apunta.

Wikio – Top Blogs

http://www.google.com/ig/adde?moduleurl=http://www.worldtimeserver.com/clocks/wtsclockgg1.xml&source=imag



https://www.youtube.com/watch?v=lwXG-6myaoE&t=109s

https://www.youtube.com/watch?v=lwXG-6myaoE&t=109s