miércoles, 10 de agosto de 2016

La revolución es exactamente eso

La revolución es exactamente eso
Carlos A. Montaner, Miami | Agosto 06, 2016













En Venezuela pasan hambre. Es la revolución. No importa que sea el país potencialmente más rico del mundo. Lo mismo sucedió en 1921 en la recién estrenada URSS. Murieron de hambre un millón de rusos. Lenin se regocijó. “La revolución y yo somos así, señora”. Les impidieron comerciar a los campesinos y el ejército rojo les confiscó los alimentos, incluidas las semillas.

Pasó en China. Hubo veinte millones de muertos. En ese país el dolor también es multitudinario. Pasó en Camboya y en Norcorea, donde algunos sujetos desesperados recurrieron a la antropofagia. Pasa siempre. En Cuba sesenta mil personas perdieron la vista o la movilidad de sus miembros inferiores por la neuritis periférica generada por la desnutrición tras el fin del subsidio soviético.
Castro chilló contra el “bloqueo”. Al Ministro de Sanidad, que advirtió lo que pasaba, lo echaron de su puesto. La revolución también es callarse la boca. No era el embargo. Era la revolución. Siempre es la revolución. Al bengalí Amartya Sen le dieron el premio Nobel de Economía por demostrar que las hambrunas invariablemente son causadas por la intromisión del Estado. Cualquiera de las víctimas del comunismo se lo hubiera podido explicar a los suecos con la misma claridad sin necesidad de obtener un doctorado en Cambridge.
¿Por qué lo hacen los comunistas? ¿Son sádicos? ¿Son estúpidos e incurren en los mismos errores una y otra vez? Nada de eso. Son revolucionarios empeñados en crear un mundo nuevo a partir de las recetas de Karl Marx.

¿No aseguraba Karl Marx que la oligarquía dominante y el modelo de Estado eran la consecuencia del régimen de propiedad capitalista? ¿No aseguraba que si una vanguardia comunista se apoderaba de los medios de producción en nombre del proletariado surgiría una sociedad nueva regida por hombres nuevos dotados de una moral nueva?
Es una cuestión de prioridades. A los revolucionarios comunistas no les interesa que la gente viva mejor o que el campo y las fábricas produzcan más. Esas son tonterías pequeño-burguesas propias de las democracias liberales en las que están incluidos los traidores socialdemócratas, los democristianos y otras especies menores empeñadas en la cháchara de la pseudo justicia social.

Las dos tareas esenciales de los revolucionarios comunistas son, primero, demoler la estructura de poder del “antiguo régimen” y sustituirla por su propia gente; segundo, apoderarse del aparato productivo, arruinar a las empresas que no pueden manejar y estatizar el resto para privar de recursos a los viejos oligarcas capitalistas.
Son en estas dos actividades donde los revolucionarios comunistas demuestran si han triunfado o fracasado. Ese es el benchmark . Lenin y Stalin triunfaron, al menos por varias décadas. Mao y los Castro triunfaron. Chávez triunfó… por ahora.

¿Qué le importa a Maduro que haya niños esqueléticos que se desmayen por hambre en las escuelas o que los enfermos se mueran por falta de medicinas? Su definición del éxito nada tiene que ver con la alimentación o la salud de los venezolanos, sino con lo que en ese mundillo enfebrecido y delirante llaman, pomposamente, la “consolidación del proceso revolucionario”.
Eso explica la lenidad ante el inmenso robo al tesoro público o la complicidad con el narcotráfico. Bienvenidos. Marx también entregó la coartada perfecta: están en la fase de acumulación primaria del capital. En esta época de cambio de régimen, como quien muda de piel, todo vale.

Ya habrá tiempo de restablecer la honradez y confiar en que los planes quinquenales centralmente planificados traerán algo parecido a la prosperidad. Por ahora se trata de enriquecer a los revolucionarios clave: los Cabello, los sobrinos, los generales dóciles, los boli-burgueses, es decir, los revolucionarios al servicio de la causa. Deben tener los bolsillos llenos para que puedan ser útiles.
¿Se entiende ahora por qué los revolucionarios comunistas repiten una y otra vez el mismo esquema de gobierno? No están equivocados. El desbarajuste es parte de la construcción del nuevo Estado.

¿Se comprende por qué los Castro le aconsejan a Maduro que siga el improductivo modelo cubano y por qué éste los obedece perrunamente? Lo que les importa a los chavistas es mantener el poder y cambiar las élites de gobierno por las suyas propias.
¿Se explican los colombianos qué quiere decir el jefe de la guerrilla,  Timochenko, cuando promete revolucionar a Colombia cuando llegue al poder? ¿O Pablo Iglesias en España cuando asegura que utilizará en su país la misma receta que les recomendaba a los venezolanos? Son coherentemente destructivos.

La revolución es eso. Exactamente eso. Nada más y nada menos.

Wikio – Top Blogs 





jueves, 4 de agosto de 2016

Cubaeconomía: Hay que crear una comisión de la verdad sobre las ...

Cubaeconomía: Hay que crear una comisión de la verdad sobre las ...: Elías Amor Bravo, economista Granma publica una nota sobre unas declaraciones del vicecanciller de exteriores, Abelardo Moreno, ofrecid...












Wikio – Top Blogs

domingo, 31 de julio de 2016

Tiquismiquis

Tiquismiquis
Por Juan Martín Lorenzo

el Papa Francisco en sus recientes palabras desde Cracovia por la Jornada Mundial de la Juventud, dirigidas a los jóvenes cubanos a los que les fue negado el derecho a acudir. ¿Se preguntan por quién?
"Jóvenes cubanos: ¡Ábranse a cosas grandes! No tengan miedo, no sean tiquismiquis. ¡Sueñen que el mundo con ustedes puede ser distinto! ¡Sueñen que Cuba con ustedes puede ser distinta y cada día mejor! ¡No se rindan!"












Wikio – Top Blogs

jueves, 28 de julio de 2016

La razón de lo irrazonable

La razón de lo irrazonable: ¿Cómo es posible que los obreros calificados que han participado en la restauración de la Habana Vieja no puedan trabajar en unas obras de reacondicionamiento para hoteles de lujo, en manos de una empresa francesa?














Wikio – Top Blogs

lunes, 25 de julio de 2016

La libreta de racionamiento en Cuba (Satira al estilo del guayabero)



Wikio – Top Blogs

viernes, 22 de julio de 2016

El blog de Iván García y sus amigos: Emigrar, el futuro de muchos en Cuba

El blog de Iván García y sus amigos: Emigrar, el futuro de muchos en Cuba: No le pregunten a Nadiezda, 23 años, estudiante universitaria, sus valoraciones sobre el VII congreso del partido comunista o si cree po...

viernes, 15 de julio de 2016

Renuncia un delegado del Poder Popular en Soroa por no lograr cumplir sus promesas

Renuncia un delegado del Poder Popular en Soroa por no lograr cumplir sus promesas: Un funcionario público que renuncia a su cargo por no cumplir las promesas hechas a los electores es algo que muy pocas veces se ha visto en Cuba. ...











Wikio – Top Blogs

martes, 5 de julio de 2016

La verdad sobre Salvador Allende

La verdad sobre Salvador Allende












 
Por: José Barba Caballero


Los sucesos de Chile que culminaron con el derrocamiento y suicidio de Salvador Allende tienen una historia muy distinta de como la cuentan los marxistas criollos y nuestros intelectuales de opereta. Hasta 1970 Chile era un país que había conquistado logros notables: educación básica y media superior a la de cualquier país latinoamericano y un Parlamento que estaba entre los más antiguos del mundo. Por esta conciencia cívica de respeto y tolerancia a las ideas, los chilenos se sentían orgullosos de ser llamados “los ingleses de América Latina”. Pero todo esto terminó con Salvador Allende.

 

Para comenzar, no es cierto que Allende recibió una mayoría absoluta del voto popular. En las elecciones generales de 1970 sólo obtuvo el 36.2%, contra el 34.9% de Jorge Alesandri y el 27.8% de Rodomiro Tomic. Ante tales resultados (La Constitución chilena lo estipulaba así), correspondió al Congreso el derecho a elegir al nuevo Presidente de la República. Y entonces sucedió lo increíble; la Democracia Cristiana (en un error histórico que todavía lloran) optó por Allende, comenzando así la tragedia que traería un baño de sangre sobre Chile.

 

Lo primero que hizo Allende en su primer discurso como Presidente de Chile fue romper la tradición democrática de este país diciendo, para asombro de propios y extraños que él no sería el Presidente de todos los chileno, sino que inspiraría su actuación “en los conflictos de clase irreconciliables de la sociedad chilena”. En otras palabras, adelantó a todos su intención de convertir a Chile en un país comunista a partir de un triunfo electoral modesto y por demás precario.

 

De inmediato, el Partido Comunista, el Partido Socialista, el MIR y el MAPU, entre otros, comenzaron a preconizar abiertamente la inevitabilidad de una guerra civil. Con estos vientos cargados de caos e incertidumbre, a nadie le llamó la atención que la inversión privada y extranjera fuera cero y que a un año de gobierno allendista Chile tuviese que declararse insolvente y pedir una moratoria sobre su deuda externa. Y para que nadie tuviese dudas de hacia donde marchaba la Unidad Popular en el gobierno, el mismo Allende le declaró nada menos que a Regis Debray*, que sus diferencias con el Ché Guevara** eran sólo tácticas: “por requerir la situación chilena un respeto transitorio a la legalidad burguesa”. En 1971, Fidel Castro visitó el país y durante 30 días (como Pedro en su casa), lo recorrió de punta a punta arengando a las multitudes hacia la revolución.

 

En 1972, Chile se convirtió en la Meca de los Tupamarus y de todos los extremistas de América Latina, Ese mismo año comenzaron a instalarse las famosas escuelas de guerrilleros y se inició la importación clandestina de armas de todo tipo: desde ametralladoras y bombas de alto poder explosivo, hasta morteros y cañones antitanques de procedencia Checa y Soviética. Paralelamente la embajada de Cuba se transformó en un bunquer con más de trescientos diplomáticos acreditados. Así las cosas, ningún hombre de estado digno de ese nombre, puede sorprenderse de que sus enemigos se le opongan y se preparen para devolverle el golpe. Gritar, como lo hizo Allende, que aquellos a quienes se propuso destruir no lo apoyen, sólo revela infantilismo de izquierda.

 

A pesar de lo que digan los propagandistas marxistas y sus tontos útiles que pululan en nuestros medios periodísticos, la unidad popular de Allende, fue y permaneció en todo momento como minoría en el Parlamento, en los Municipios, en las Organizaciones Vecinales, Profesionales y Campesinas. Para 1973 perdieron el control en los principales sindicatos industriales y mineros. Aún así, plantearon la sustitución del Congreso por una asamblea popular y la creación de Tribunales del Pueblo (algunos de los cuales llegaron a funcionar). Así mismo, pretendieron transformar el sistema educativo para convertirlo en un instrumento de concientización marxista. La Tercera y el Mercurio, diarios democráticos, como opositores al gobierno marxista, fueron clausurados por el “demócrata” Allende.

 

Frente a tales hechos, la Iglesia abandonó su neutralidad y la Corte Suprema de Justicia, por unanimidad, censuró al gobierno por el atropello sistemático de la legalidad vigente. La Contraloría rechazó por ilegales innumerables actualizaciones y resoluciones del Ejecutivo. En un acto insólito, el Presidente Allende se negó a promulgar las reformas constitucionales del Congreso, y persistió en esta actitud a pesar de sucesivos mandatos judiciales. De aquí la opinión del ex presidente Frei: “el gobierno minoritario de Unidad Popular estaba resuelto a instaurar una dictadura totalitaria y estaba dando los pasos para llegar a esa situación”.

 

El 7 de agosto de 1973, la Marina de Guerra de Chile anunció haber frustrado un complot para sublevar la flota en Valparaíso y Concepción, y acusó del gravísimo hecho a Carlos Altamirano, secretario general del Partido Socialista y a otros líderes del MAPU y del MIR, exigiendo el levantamiento de la inmunidad parlamentaria. El 9 de setiembre, dos días antes del golpe, los acusados reconocieron su culpa… pero ya era demasiado tarde. La destrucción de la democracia, de la economía y la negativa de las FFAA de convertirse en víctimas del comunismo, terminó de prender la pradera y el rostro de la muerte se enseñoreó de Chile. Aunque cabe agregar que sin Salvador Allende y las monumentales torpezas políticas de la Unidad Popular, el mundo jamás hubiera escuchado hablar de Augusto Pinochet.

 

Por todas estas razones, me niego a rendirle homenaje a quien no fue un idealista sino un dogmático, a quien no fue un demócrata sino un marxista que intentó convertir a Chile en una tiranía inmunda como lo era Cuba. Si hoy recordamos a Allende, no debe ser para enaltecerlo sino para censurarlo, y recordar, por siempre, que la gran lección que Chile nos dejó no es otra que la evidencia incontrastable de que el marxismo – leninismo es incompatible con la democracia.

 

Publicado en La Razón el 16 de setiembre de 2013

 

Los asteriscos son de Mario A. Riva Morales

 

*Regis Debray, filósofo y escritor francés y presunto delator de Ernesto Guevara de la Serna (Che) en Bolivia.

** En una ocasión, Salvador Allende llegó a decir que Ernesto Guevara de la Serna y él, perseguían el mismo objetivo por diferentes vías.

De acuerdo con éste argumento, Guevara perseguía alcanzar (por la vía de la lucha armada) “la revolución continental” y aplicar el sistema «socialista» y Allende por vía pacífica.

 

















  Wikio – Top Blogs

domingo, 26 de junio de 2016

Carta de un joven que se ha ido

Carta de un joven que se ha ido
Autor Alejandro


Esta carta abierta escrita por un joven cubano esta dando la vuelta en todo internet por ser el sentimiento de muchos jóvenes que hemos tenido que irnos de Cuba por la impotencia de ver que nada cambia en la isla.
La carta abierta de Iván López Monreal es la respuesta a una carta que escribió un politólogo cubano Rafael Hernández titulada “Carta a un joven que se va” donde deja entrever que los jóvenes cubanos estamos desconectados con la historia de Cuba y aquellos que nos vamos no somos consientes del daño hecho al país.

Sin decirles mucho más les dejo la carta abierta de un joven que se ha ido que verán que es el sentir de los jóvenes y los no tan jóvenes que hemos dejado Cuba.
Estimado Rafael Hernández,
He leído con mucho interés su “Carta a un joven que se va”. Me he sentido aludido, porque hace dos años me marché de Cuba, tengo 28 años y vivo en Pomorie, una ciudad balneario situada en el este de Bulgaria. La razón por la que le escribo es para intentar explicarle mi postura como joven cubano emigrado. Sin solemnidades ni verdades absolutas, porque si algo me ha enseñado dejar mi país, es descubrir que esas verdades no existen.
Puede que algunos de los que nos hemos marchado en los últimos años (somos miles) tengan claro el momento en que decidieron hacerlo. Yo no. Lo mío fue progresivo, casi sin darme cuenta. Empezaría con ese recurso tan cubano que es la queja. Por nimiedades, tal vez. Por lo que no hay, por lo que no llega, por lo que pasa, por lo que no pasa, por no saber. O no poder. La queja no es grave, lo grave es que se cronifique como una enfermedad cuando nada parece resolverse. Y uno puede aceptar que eso es así, y es tu país para lo bueno y para lo malo, o pasar a la siguiente categoría, que es la frustración. O sea, descubrir que la solución a la mayoría de los problemas no está en tus manos. O no te permiten hacerlo. O aún más triste: no parece importar.
Abandonar o permanecer en tu país es una decisión muy personal que nunca debe juzgarse en términos morales. Yo elegí este camino porque quería un futuro diferente al que veía en Cuba, y salí a buscarlo consciente de que podía salir mal, pero quise correr ese riesgo. No voy a mentirle diciendo que fue doloroso. No lloré en el aeropuerto. Todo lo contrario, me alegré. Le digo más, me liberé.
Tiene usted razón cuando dice que mi generación carece de esos lazos emocionales que generan experiencias como Playa Girón, la Crisis de Octubre o la guerra de Angola. Pero no se equivoque, yo también he tenido mis epopeyas. A lo mejor no tan épicas, pero sí igual de demoledoras. En estos veintidós años que menciona, he visto degradarse el país por el tanto lucharon mis padres. He visto marchar a mis maestros de primaria y secundaria. He visto a familias discutir por el derecho a comerse un pan. He visto el malecón lleno de gente nerviosa gritando contra el gobierno, y gente aún más nerviosa gritando a su favor. He visto a jóvenes construyendo balsas para huir quién sabe a dónde, y a una turba lanzando mierda de gato contra la casa de un “traidor”. Incluso, Rafael, he visto a un perro comiéndose a otro perro en la esquina habanera de 27 y F. Y también he visto a mi padre, que sí estuvo en Angola, con el rostro pálido, sin respuestas, el día que un custodio de hotel le dijo que no podía seguir caminando por una playa de Jibacoa (frente al camping internacional) por ser cubano. Yo estaba con él. Yo lo vi. Tenía diez años, y un niño de diez años no olvida cómo la dignidad de su padre se va a la mierda. Aunque haya vuelto de una guerra con tres medallas.
Me habla usted de las conquistas sociales de la Revolución. De la educación y la medicina. Voy a hablarle de mi educación. Tuve buenos maestros, y cuando se marcharon fueron sustituidos por otros menos preparados que, a su vez, fueron reemplazados por trabajadores sociales que escribían experiencia con S y eran incapaces de señalar en un mapa cinco capitales de Latinoamérica (esto no me lo contaron, lo viví) Mis padres tuvieron que contratar maestros privados para que yo aprendiera de verdad. No lo pagaban ellos sino una tía mía radicada en Toronto. De modo que si somos honestos, buena parte de la formación que tengo se la debo a los clientes del restaurante griego donde trabajaba mi tía. Pero hay más. En tiempos de mi hermana mayor era extremadamente raro que un alumno sacara una nota de cien. En mi época el cien se volvió algo común, no porque los alumnos fuésemos más brillantes sino porque los profesores bajaron sus exigencias para maquillar el fracaso escolar. ¿Y sabe una cosa? Yo tuve suerte, porque los que venían detrás de mí en vez de maestros tuvieron un televisor.
De la medicina poco tengo que decirle porque usted vive en Cuba. Y salvo el hecho de mantenerse la gratuidad, cosas que admito sigue siendo meritoria, el estado de los hospitales, la precariedad de unos médicos mal pagados y la creciente corrupción empujan cada vez más al sistema de salud hacia ese tercer mundo del que tanto hizo por alejarse. Y lo cierto es que, hoy en día, un cubano que maneje divisas tiene más posibilidades de recibir un tratamiento mejor (haciendo regalos o incluso pagando) que uno que no lo tenga, aunque sea de forma ilegal. Y aunque la constitución diga otra cosa. Por triste que resulte admitirlo, Rafael, la educación y la medicina de la que disponen los cubanos de hoy es peor que la que disfrutaron mis padres.
Usted dice que el país hace un gran esfuerzo, que existe un embargo. Y yo le respondo que también existe un gobierno que lleva cincuenta años tomando decisiones en nombre de todos los cubanos. Y si estamos en el punto en el que estamos, lo más sano es que admitiera que no ha sabido, o no ha podido, o no ha querido hacer las cosas de otra forma. Por la razones que sea. Porque el fracaso también está cargado de razones. Y en vez de atrincherarse con sus figuras históricas en el Consejo de Estado, debería dar paso a los que vienen detrás. Rafael, es muy frustrante para un joven de mi edad ver que en Cuba llevamos 50 años sin que se produzca un relevo generacional porque el gobierno no lo ha permitido. Y no hablo de que me den el poder a mí, que tengo 28 años. Hablo de los cubanos que tienen 40, 50 o incluso 60 años y no han tenido nunca la posibilidad de decidir. Porque las personas que hoy en día tienen esas edades y ocupan puestos de responsabilidad en Cuba no han sido formados para tomar decisiones, sino para aprobarlas. No son dirigentes, son funcionarios. Y ahí incluyo desde ministros hasta los delegados de la asamblea nacional. Son parte de un sistema vertical que no da margen para que ejerzan la autonomía que les corresponde. Todo se consulta. Y contrario a lo que dice el refrán: en vez de pedir perdón, todos prefieren pedir permiso.
Dice usted que en mi país se puede votar y ser elegido para cargos desde los 16 años. Y que la presencia de jóvenes delegados ha bajado desde los años 80 hasta ahora. Incluso me advierte que si seguimos marchándonos, habrá menos jóvenes votando y por tanto menos elegibles. Y yo le pregunto: ¿De qué sirve mi voto? ¿Qué puedo yo cambiar? ¿Qué han hecho los delegados de la asamblea nacional para que me interese por ellos? Seamos sinceros, Rafael, y creo que usted lo es en su carta, así que yo también quiero serlo en la mía, ambos sabemos que la asamblea nacional, tal y como está concebida, solo sirve para aprobar leyes por unanimidad. Resulta paradójico llamarle asamblea a una institución que se reúne una semana al año. Tres o cuatro días en verano y tres o cuatro días en diciembre. Y en esos días se limita a aprobar los mandatos del Consejo de Estado y de su Presidente, que es quien decide lo que se hace o no se hace en el país. Lamentablemente, yo no puedo votar a ese presidente. Y no sabe cuánto me gustaría hacerlo.
Hace unos días escuché a Ricardo Alarcón confesarle a un periodista español que él no cree en la democracia occidental “porque los ciudadanos solo son libres el día que votan, el resto del tiempo los partidos hacen lo que quieren…” Aunque fuera así, que no lo es (al menos no siempre, y no en todas las democracias), estaría reconociendo que desde que yo nací, en 1984, los electores en Estados Unidos, por ejemplo, ha tenido siete días de libertad (uno cada cuatro años) para cambiar a su presidente. Algunas veces lo han hecho para bien, y otras para mal. Pero esa es otra historia. Un joven de New Jersey que tenga mi edad ya ha tenido dos días de libertad para, por ejemplo, echar a los republicanos de Bush y nombrar a Obama. Los cubanos no hemos podido tomar una decisión así desde 1948 (no incluyo las elecciones de Batista, por supuesto). Y si usted me dice que la capacidad de nombrar a un presidente no es relevante para un país yo le digo que sí lo es. Y más para un joven que necesita sentir que se le toma en cuenta. Aunque solo sea por un día.
Usted probablemente piensa que los que nos marchamos elegimos el camino más fácil, que lo duro es quedarse a resolver los problemas. Pero le tengo que decir que mis abuelos y mis padres se quedaron en Cuba para pelearse con esos problemas. Renunciaron a muchas cosas por la Revolución y hasta se jugaron la vida por ella. Para darme un país avanzado, equitativo, progresista. Y el que me han dado es uno en el que la gente celebra poder comprar un carro y vender su casa como si fuera una conquista. Pero eso no es una conquista, es recuperar un derecho que ya teníamos antes de la Revolución. ¿A eso hemos llegado? ¿A celebrar como un éxito algo tan básico? ¿Cuántas otras cosas básicas habremos perdido en estos años? Para mis padres es doloroso asumir ese fracaso, y no lo quieren para mí. No quieren que con 55 años tenga un sueldo que no me alcance para vivir, ni el sueldo ni la libreta. Porque no alcanza. Y no quieren que para sobrevivir acuda al mercado negro, a la corrupción, a la doble moral, a fingir. Prefieren que esté lejos. A los 28 años yo me he convertido en la seguridad social de mis padres, ¿O cómo cree que sobreviven dos personas con 650 pesos? Sí, Rafael, hemos tenido que irnos cientos de miles de cubanos para que nuestro país no quiebre. Lo que Cuba ingresa de nuestras remesas es superior, en valor neto, a casi todas sus exportaciones. Eso sí, el país ha perdido juventud y talento, y en vez de abrir un debate realista sobre cómo parar esa sangría, sigue anclado a un inmovilismo ideológico que no es otra cosa que miedo al futuro. ¿Y qué hago yo en un país cuyos gobernantes le tienen miedo al futuro…? ¿Esperar a que se mueran…? ¿Esperar a que cambien las leyes por generosidad y no por convicción? ¿Qué hago yo en un país que sigue premiando la incondicionalidad política por encima del talento? ¿A qué puedo aspirar si no basta con lo que soy y lo que hago…? ¿A convertirme un cínico? ¿O me anima usted a que dé la cara y diga lo que pienso? Algunos jóvenes de mi generación ya lo han hecho, ¿Y dónde están? Recordemos a Eliécer Ávila, un estudiante de la Universidad de Ciencias Informaticas que tuvo la valentía de preguntarle a Ricardo Alarcón por qué los jóvenes cubanos no podíamos viajar como cualquier otro, y fue represaliado por el sistema. Él no tuvo la culpa de que allí hubiera un cámara de la BBC, ni de la respuesta ridícula que dio Alarcón (aquella barbaridad de que el cielo se llenaría de aviones que chocarían entre ellos) Hoy Eliécer vive marginado por razones políticas. Y no es un terrorista ni un mercenario ni un apátrida, es un joven humilde, mulato, universitario, que cometió el error de ser honesto. Qué triste hacer una revolución para terminar condenando a alguien por ser honesto. ¿Para eso quiere usted que me quede, Rafael?
Dejar tu país y tu familia no es un camino fácil. Ni la solución a nada, solo es un principio. Te vas a otra cultura, tienes que aprender otro idioma, pasas momentos muy malos. Te sientes solo. Pero al menos tienes el alivio de saber que con esfuerzo puedes conseguir cosas. Mi primer invierno en Bulgaria fue muy duro, conseguí trabajo como transportista y pasé cuatro meses subiendo y bajando lavadoras para ahorrar dinero y poder viajar a Turquía. Una ilusión que tenía desde niño. Y viajé. No tuve que pedir un permiso de salida ni mi avión chocó con ninguno. Pude cumplir el sueño de Eliécer. Y me alegro de haberlo hecho. He conocido otras realidades, he podido comparar. He descubierto que el mundo es infinitamente imperfecto, y que los cubanos no somos el centro de nada. Se nos admira por algunas cosas igual que se nos aborrece por otras. También he descubierto que irme no ha cambiado mis convicciones de izquierda. Porque lo de Cuba no es izquierda, Rafael. Póngale usted el nombre que quiera, pero no es izquierda. Yo estoy de parte de aquellos que buscan el progreso social con igualdad de oportunidades y sin exclusiones. Pienses como pienses. Sin sectarismo ni trincheras. Porque eso solo sirve para enfrentar a la sociedad y sustituir verdades por dogmas.
Por último, Rafael, la casualidad quiso que terminara en un país que también estuvo gobernado por un partido y una ideología única. Aquí no hubo revolución de terciopelo como en Checoslovaquia, ni derribaron un muro como en Berlín ni fusilaron un presidente como en Rumania. Aquí, como en Cuba, la gente no conocía a sus disidentes. Aquí no había fisuras, y sin embargo, en una semana pasaron de ser un estado socialista a una república parlamentaria. Y nadie protestó. Nadie se quejó. No puedo evitar preguntarme, ¿Acaso pasaron 40 años fingiendo? Desde entonces no han tenido un camino de rosas, han enfrentado varias crisis, incluso la población ha llegado a vivir con peor calidad de la que tenía en los años 80, pero curiosamente, la inmensa mayoría de búlgaros no quiere volver atrás. Y eso que el socialismo que dejaron ellos era bastante más próspero que el que hoy tenemos los cubanos. Pero en este país no piensan en el pasado, piensan en el presente. En mejorar la economía, en resolver las desigualdades (que las hay, como en Cuba), en combatir la doble moral, los personalismos y la corrupción que generó el estado durante décadas.
El día que ese presente importe en Cuba, no tenga duda, nos veremos en La Habana.
Ivan López Monreal
 
 




















  Wikio – Top Blogs

miércoles, 15 de junio de 2016

Pablo Iglesias y la salida del Euro

No se puede ser más anormal (COMUNISTA)















https://www.youtube.com/watch?v=lwXG-6myaoE&t=109s

https://www.youtube.com/watch?v=lwXG-6myaoE&t=109s