sábado, 9 de enero de 2016

Imágenes sagradas

Henry Ramos Allup manda a retirar todo de Chávez de la Asamblea Nacional
 

Un hombre carga sobre su espalda la imagen del expresidente Hugo Chávez, una imagen simbólica de lo que han sido 17 años de hegemonía chavista sobre las espaldas de Venezuela. La foto fue retirada del parlamento venezolano el miércoles 5 de enero, junto con todo vestigio gráfico de esos años de sobrecarga política sobre el Legislativo venezolano. En las calles se levantó la furia del chavismo, recalcitrante.

«¡Facistas! ¡Asesinos!», gritaban.

Pareciera que ese grupo de estridentes protestantes le estuvieran gritando a la policia política venezolana, el SEBIN, que allana oficinas de opositores y alcaldes sin órdenes judiciales. O, tal vez, a la Guardia Nacional, que dispara bombas lacrimógenas, balas plásticas, y también de las otras, de las que matan y dejan jóvenes estudiantes tronchados en la flor de su vida, por querer una Venezuela sin el peso que esas mismas imágenes acarrean en su mochila de estudios, y en su futuro.

¡Pero no! Son chavistas, gritándole a la oposición porque se llevan toda la parafernalia de imágenes del expresidente muerto, aún gobernando desde su tumba, los pasillos y la sala del Legislativo de Venezuela. Desde Miraflores, también se escuchan los mismos gritos.

Desde los cuarteles, hablan de falta de respeto a la Patria. Así, en mayúsculas.

¿Desde cuándo un muerto es la Patria? ¿Desde cuándo alguien que secuestra una nación es un país? ¿Desde cuándo alguien que divide a una sociedad representa a un pueblo?

Pero el tiempo es «como un niño que juega a los dados», como decía Heráclito. Todo lo cambia, todo lo derriba. También las imágenes.

Ayer escuchaba y veía el reportaje de «Univisión» sobre la retirada de esas mismas imágenes, de donde nunca debieron estar. Una señora de mediana edad, con el puño levantado, la boca descompuesta y los ojos como que se lanzaban en un bolido interplanetario desde las cuencas de su rostro decía al reportero:

“En Corea del Norte los hubieran fusilado”.

Y otro chavista, un hombre de alrededor de treinta años, también en la misma histeria «patriótica», afirmaba que estaban cometiendo «un crimen contra nuestro padre».

No entiendo mucho la sicología de esta chusma. No puedo entender que alguien reemplace la figura paterna por un líder de cualquier cosa, cualquier partido, religión o creencia intelectual, cualquiera que sea.

Cuando los líderes se levantan sobre la media de un pueblo, el pueblo pierde su propia voz y el líder suprime el entendimiento humano. Se convierten en dioses, de barro, para algún día ser reemplazados, derrumbados como esas estatuas de Lenin, Mao y Saddam Hussein. Siempre serán derrumbados, porque el tiempo es ese niño de Heráclito que no cesa de jugar a los dados y hace que les pierda el respeto, la sacralización, esa deificación suprahumana.

Existe la ley de la gravedad que provoca que todo objeto caiga desde su altura cuando pierde su base. También existe la ley de la gravedad en la política, que hace que todas las figuras que se erigen por encima de la realidad, para convertirse en un mito, caigan cuando también pierden su base.

Chávez nunca debió estar en ningún parlamento sacralizado en imágenes. Entiéndaseme bien esto. Ninguna imagen debe estar en ningún parlamento. Allí se legislan las leyes de los hombres, allí está el sagrario humano de nuestra sociedad y la única imagen posible a sacralizar es la que nos une a todos, en un común lazo de igualdad, pero NUNCA las que nos divide.

La señora que quería que Venezuela fuera Corea del Norte, para fusilar a alguien, vive en un país fracturado, por esa deidad que pesa sobre la espalda del hombre que la carga, llevándosela de la Asamblea Nacional. Es por eso que hizo muy bien Ramos Allud en decirle, con todo el irrespeto que se merece:

“Llévatela para Sabaneta”.

Para la basura, debió de decir.

Juan Martin Lorenzo


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