lunes, 22 de diciembre de 2014

Reflexiones después de un anuncio

Por Juan Martín Lorenzo
http://opencuba.blogspot.pt/


El 17 de Diciembre nos vuelve a desunir, y también a unir. Descubre el rostro sin maquillajes, surcado de arrugas, envejecido y descarnado del egotismo cubano. Nos hemos lanzado como lobos a comernos a la abuelita, sabiendo que está sola, desarmada, inerte, y un poco desalmada por los años.


Dejémoslo claro, llevamos años en este empeño.
Llevo días pensando qué escribir sobre ese 17 de Diciembre que, según la prensa, también es el cumpleaños del Papa Francisco, además de ser el día de ese santo tan venerado en Cuba, San Lázaro. Pero se hace tan difícil escribir, se oponen tantos principios fundamentales, y fundacionales, de mi pensamiento, contra la piedra angular de mi espíritu, el deseo de una Cuba libre.


Y entonces la pregunta de qué es Cuba resurge como un enigma.


¿Qué es Cuba?


El gobierno de ese nombre lleva 56 años haciéndonos creer que son los titulares de ese nombre. Y también un hombre, un personaje, un ser mítico de leyenda, escrita en una autobiografía impublicable. Y un partido, también creación del mismo mito, del mismo nombre, la misma hagiografía socialista.


Y para hacérnoslo creer han adjuntado viejos santos tutelares de nuestro patronato histórico. ¡Hasta Martí ha tenido su culpa de esa leyenda!


Y después está la ideología, que también suscribe ese nombre, y las consignas, y los credos políticos, las leyendas públicas y los misterios insolubles de una historia que no se nos cuenta toda, y que son como pozos profundos, en los que el balde no puede llegar al agua.


Y así Cuba se nos ha vuelto, y revuelto, este lugar incorpóreo, que pertenece sólo a un bando, empoderado en un trono, encastillado entre muros, desolado.


¿Y quiénes somos, entonces, los cubanos?


¿Los que reconocen sólo aquellos términos? ¿Los que afirman que una nación tiene sólo un costado, y duerme solitaria sólo en una cama?


No lo puedo creer. No es posible creerlo. Y entonces recuerdo a ese otro culpable espiritual, para los infieles, que una vez dijo tenía dos Patrias: Cuba y la noche.


¿Cuál noche? ¿Esta? ¿Será por eso que reclaman los infieles ese nombre?


Y entonces retorna esa fecha del 17 de Diciembre en imágenes. En el Versailles, estas fotos que encabezan estas líneas. Dos rostros del mismo nombre. Dos cubanos, grupos, atómica representación de ese desprendimiento geográfico de aquella isla a la que se le desdibuja la nominación oficial de su nombre.


Unos pocos rostros, ya viejos, descarnados, gritando improperios en el frente de la ciudad anticastrista por excelencia, Miami, y de su corazón, el Versailles. Y otro, muchos de ellos jóvenes, que disfrutan, ajenos al tablado político que se teatraliza en el frente, el entrenamiento de boxeo de su ídolo temporal, Rigondeaux.


No están ni en el promontorio de tierra cuya identidad reclama el nombre de Cuba. Y entonces la decisión de Madre Coraje de soltar el brazo indefenso del hijo para no herirlo me devuelve al pasado-presente de nuestro conflicto.


Embargo versus no-embargo. Madre Coraje frente a Antígona. Y la reacción de esos jóvenes del parqueo del Versailles se me asemeja la de Edipo rey, que se revienta los ojos para no ver, o para su auto castigo, o para cualquier otra cosa, mas siniestra, oportunista, flajelante.


Ignorar, olvidar, ofender.


En la isla rodeada del líquido mar, verde azul, poblada de playas donde acudirán presurosos los turistas americanos, como hoy acuden los canadienses, muchos, casi todos aplauden lo ocurrido ese 17 de Diciembre.


¿A quienes debemos obedecer? ¿A nuestro corazón o a los que aún permanecen como centro de nuestras vidas en el corazón nuestro?


Es posible que, como dijo Daína Chaviano en un excelente post en su blog, no exista justicia posible terrena, y humana, para los culpables de todos los destierros, las traiciones y las muertes. Pero entonces me viene a la memoria Horacio, ah, el viejo Horacio, que siempre creía en la diosa justicia aunque cojeara en su carrera contra los criminales.


Quizás no exista para los grandes culpables, y esa sea su justicia, nunca recibir el perdón, nunca cobrar su condena, morir infieles, condenados, directo sin alas en su viaje al infierno.


Menandro dijo, alguna vez, no recuerdo dónde, perdido en la memoria de libros y nombres, “el hombre justo no es aquel que no comete ninguna injusticia, si no el que pudiendo ser injusto no quiere serlo”.


¿Fue eso lo que llevó al acto de contrición de Obama ante Raúl Castro?


No lo sé. Yo sólo miro el resultado del acto, los presumibles resultados, porque no sabemos la extensión de la “felicidad cubana”. Y a mí me cuesta evaluar la extensión de los gestos políticos de los actores fundamentales en el tablado de las naciones, al menos del lado de la democracia, los actores de las dictaduras, y sus dictadores, son antológicas figuras del desprecio. Ante nosotros hay un pueblo que sufre, y no ha tenido justicia, no conoce incluso qué es esa justicia, cuál puede ser su particular justicia, y si existe o existirá, al menos.


Y en el otro lado, tenemos que vivir con lo ocurrido. Tenemos que superar el miedo. Tenemos que tener esperanzas. La felicidad no es una estación a la que se llega, es un viaje. Y se me antoja que el nuestro comienza.


Y hasta aquí quiero llegar hoy. No quiero avanzar más. No quiero agregar al agravio otras palabras de más agravio. Quiero detenerme, a voluntad propia, a dejar cursar el tiempo, esperar los eventos, reacomodar los impulsos. Yo y mi corazón, yo y mi conciencia, yo y mi destino.


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