En horas de la tarde, intercambiando sus puntos de vista sobre lo acontecido, llegaron a la conclusión que en caso de que todo hubiera salido a pedir de boca. O sea, que ellos hubieran aniquilado a Ventura y a Carratalá, resultando ambos ilesos, jamás hubieran salido vivos de Santo Domingo.
La tensión subió varios puntos aquella noche. Las llamadas y amenazas se incrementaron, los grupos y los automóviles alrededor de la casa igual. Sin embargo, la correlación de fuerzas había mejorado, al ser dos funcionarios en lugar de uno. Al menos intercambiaban impresiones y se acompañaban mutuamente. La casa de la Embajada no resultaba tan espeluznante en horas de la noche.
En los primeros días de junio llegaban Juan José Díaz del Real y Ricardo Suárez.
Durante el año 1958, Juan José Díaz del Real había tomado parte en la elaboración del “Pacto de Caracas”,llamando a la unidad a todos los movimientos que luchaban contra la dictadura de Fulgencio Bastista.
Juan José Díaz del Real sustituiría a Mario Riva Patterson, pues se suponía que seis meses de continua tensión eran suficientes para un funcionario. Ricardo Suárez se haría cargo de la parte cultural y Julio Cruz los asuntos consulares.
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| Juan José Díaz del Real |
En esos primeros días de junio se presentó en la Embajada un individuo que dijo deseaba hablar con el Embajador. Fue recibido por Riva Patterson y Díaz del Real. Pedía asilo político y decía que su vida corría peligro.
Al preguntársele si pertenecía a alguna agrupación revolucionaria o si había realizado alguna actividad contra el gobierno, no logró una respuesta concluyente. Decidieron preguntarle el por qué del pedido de asilo y las personas con las cuales se relacionaba. Tampoco aportó dato alguno.
En esas condiciones no se le podía otorgar el asilo y de esa forma le fue informado. Según les pareció, se marchó muy contento. Le habían notado cierta preocupación en que le fuesen a conceder el asilo.
Ambos diplomáticos llegaron a la conclusión que resultaba ser un intento de introducir una persona dentro de la casa con la finalidad de conocer sus movimientos.
El día 4 de junio todavía no habían comunicado oficialmente la llegada del nuevo Embajador aunque, el gobierno dominicano con toda seguridad ya tenía conocimiento. De lo contrario no hubiera sido recibido en el aeropuerto por un funcionario de la Cancillería.
Debido a que Riva Patterson tenía programado el regreso para el sábado día 6 de junio, habían planificado para ir el viernes 5 al Banco de las Reservas, situado en la calle comercial "Isabel La Católica", para realizarel reconocimiento de la fierma de Díaz del Realpues Díaz del Real.
Los dos funcionarios se movían a paso ligero por la acera. Se encontraban a escasos cincuenta metros del banco. Una vez terminada la gestión se encaminarían hacia la oficina de correos para imponer las usuales circulares al cuerpo diplomático, notificando la posesión de Díaz del Real como Embajador de Cuba.
Eran las 9:55 de la mañana, se encontraban frente a la entrada del banco y la temperatura comenzaba a dejarse sentir. "Por aqui hay que andar con mucho cuidado. Andan sueltos los esbirros de Batista", le decía Riva Patterson a Díaz del Real, disponinedose a entrar, cuando un grupo de individuos en camisas deportivas interceptó a los diplomáticos.
"Ustedes son cubanos"? No esperaron respuesta. Los atacaban físicamente. Aparentemente no conocían a Díaz del Real, pues los atacantes dirigían todos sus esfuerzos contra Riva Patterson. Un certero puñetazo le rompe los espejuelos. Los cristales rotos le provocan una pequeña herida muy cerca de la ceja izquierda. Pierde el equilibrio y cae al suelo. Por primera vez en su vida sentía la angustia de no ver bien.
No era problema de lentes. Riva Pattreson había nacido estrábico. Aunque había sido operado a los 18 años, del ojo izquierdo solo tenía un 18% de visión defectuosa. En pocos segundos había recibido varias patadas provenientes de diferentes direcciones. Su única preocupación era alcanzar a tiempo el revólver.
Díaz del Real, de recia estructura física, se encontraba acorralado contra la pared, mientras pateaban brutalmente a su colega. Con rápido movimiento se deshizo de los que le bloqueaban el paso, sacando un revólver calibre 38.
Por su parte Riva Patterson lograba voltearse sobre la acera empuñando el suyo. Sonaron dos disparos casi al unísono.
A corta distancia, en una sospechosa neutralidad, agentes de la policía trujillista presenciaban el atentado si énimo de intervenir. Cuando se escucharon los tiros, viendo que los diplomáticos se sacudían de encima a los agresores, entraron en acción.
Uno de los guardias del banco, revólver en mano, atraído por las detonaciones, se asomó a la puerta. "Somos diplomáticos", le dijo Díaz del Real, "déjenos pasar".
Como ganado en estampida, los agresores huían. La policía se aproximaba cautelosamente. Revólveres en mano, los diplomáticos consiguieron entrar a las dependencias del banco. Detrás de ellos la policía con un Coronel al frente. Les arrinconaron contra una de las esquinas del salón grande del banco conminándoles a acompañarles de inmediato. Desde la puerta principal, bajo la mirada benévola de los sabuesos de Trujillo, uno de los agresores gritaba: "No saldrán vivos de Santo Domingo. Les vamos a cortar la cabeza".
Uno de los policías lo apartó, con violencia. El agresor, esbirro batistiano sin duda, comenzó a explicarle que uno de los atacantes había recibido un balazo.
Ambos diplomáticos discutieron violentamente con el Coronel. Exigían que la policía detuviera a los agresores y no a ellos que eran los agredidos. Los cubanos no pretendían ir a ninguna parte, que no fuera la Cancillería para dar parte de aquel atentado. No pasó mucho tiempo y ya caían en cuenta que el Coronel sabía perfectamente que eran diplomáticos cubanos. Les pedían que entregaran las armas.
Al cabo de cierto
tiempo y de mucha discusión, aceptaron que un carro patrulla les llevara hasta la Cancillería. No
entregaron las armas. Ya en el patrullero, notaron que los conducían para la Jefatura de la Policía.
El carro patrulla estacionó
en el patio central de la
Jefatura de Policía. Se aproximaron tres uniformados que les
ordenaban bajarse del automóvil inmediatamente. Los diplomáticos cubanos, mas
que conservando la calma, intentaban ganar tiempo diciéndoles que no se iban a
bajar. Que el Coronel les había prometido que los llevarían a la Cancillería y que
aquello era una fortaleza. Se encontraban en la Fortaleza Osama.
La
Fortaleza
Ozama es la más antigua construida en América. Ubicada en la ribera del río
del mismo nombre, su construcción comenzó en el año 1502 y no fue terminada
hasta el 1508, por Fray Nicolás de Ovando quien era el gobernador de la isla.
Esta fortaleza se levantó con el objetivo de proteger la ciudad de los ataques
de piratas.
Uno de los policías
comenzó a vociferar y otro le decía: "Sácalos a patadas. Que cojones se
han creido?" El que parecía más viejo de los dos le dijo al otro:
"Mejor sácalos tu. No ves que son diplomáticos y luego ellos se arreglan y
nosotros quedamos cagados? Yo por lo menos no los saco por la fuerza".
Un oficial descendió
del carro patrulla y penetró en el establecimiento. Los cubanos aguantaron más
de media hora, dentro del automóvil, bajo el sol abrasador del mediodía
caribeño, hasta que al fin se oyeron toques de corneta. En el portón apareció
un personaje de aspecto prócer, vistiendo uniforme militar entorchado. Se
trataba del General Hermida.
"Quisieran
ustedes entrar a mi despacho, caballeros?", habló Hermida en tono meloso. "Ademas,
así puede usted lavarse la cara y que lo vea un médico, ya veo que tiene una
herida", dijo refiréndose a Riva Patterson.
Ya en el despacho, de
forma amable les abrumó de excusas y pretextos. "Serán respetados, en su
condición de diplomáticos", aseguró. Dijo haberles
arreglado una entrevsita con el Canciller para las tres de la tarde.
"Podrían mostrarme sus armas?", preguntó.
No había
inconveniente. El jefe policial examinó los revólveres, comprobando que cada
uno tenía ua cápsula disparada. Les sacó las demas balas y los colocó sobre la
mesa.
"Voy a quedarme
con ellos, por el momento", manifestó con una sonrisa. "Se los
devolveremos más tarde". No era el momento oportuno para prolongar las
discusiones. Optaron por dejar que los acontecimientos siguieran su curso. Por
mucha que fuera la irresponsabilidad de Trujillo no parecía factible que
pretendiera vulnerar la inmunidad diplomática.
Los diplomáticos
cubanos le relataron su versión de los hechos. Hermida les ripostó: "Las
versiones que me han llegado, dicen que ustedes han matado a uno de los asaltantes
y que un niño resultó herido".
"Allí no había
ningún niño", dijo Díaz del Real.
Al parecer se trataba
de un grupo de refugiados cubanos, que como ustedes deben saber, se encuentran
activos y tratando de organizarse", continuó Hermida. "Voy a tomar
medidas para evitar estos problemas", sentenció. Les comunicó que un
automóvil los llevaría a la
Embajada y que tan pronto tuviera más noticias les llamaría
para que fuesen a verlo o él visitaría la Embajada. Les
acompañó hasta la puerta.
Pasada la una de la
tarde se encontraban de regreso en la Embajada. Julio y
Ricardo estaban asustadísimos. Habían escuchado, por radio, la versión oficial
del incidente del banco. Según las informaciones, habían resultado heridos, un
exiliado cubano llamado Luis Perez Villavicencio y un niño dominicano de nombre
Ovidio Méndez. Entre las explicaciones de lo verdaderamente sucedido, iban
analizando la situación en que se encontraban.
La primera medida que
tomaron, fue comunicarse con el decano del Cuerpo Diplomático, el Sr. Varela,
Embajador del Perú, para informarle
sobre la agresión de que habían sido objeto.
Terminada la
conversación con el Sr. Varela, sonó el timbre del teléfono. El interlocutor
decía ser el Procurador General de la República (fiscal), citándoles de forma inmediata,
a presentarse en su oficina, para aclarar los sucesos del Banco, donde había
fallecido un ciudadano cubano.
Si aquella persona
tenía algo que tratar, sería recibido con mucho gusto en la Embajada, pero que, como
Procurador, él debía saber perfectamente que ninguna autoridad judicial tiene
facultades para citar a un diplomático. Que, en todo caso se dirigiera al
Miniterio de Relaciones Exteriores exponiendo su interés.
Poco despues de esa
llamada, recibieron otra del Sr. Varela anunciándoles su visita. Cinco minutas
más tarde estacionaba el automóvil del Sr. Varela, frente a la casa de la Embajada cubana, con la
bandera peruana desenfundada en el asta que lleva el guardafango, tal y como
procede durante las recepciones
oficiales. A decir verdad, resultó ser una sorpresa para Riva Patterson. Varela
siempre iba caminando. Existían unos cien metros entre una casa y la otra. Se
le notaba nervioso. Tenía las manos frías.
El Sr. Varela les
preguntó si habían recibido alguna llamada para ir a visitar a alguien. Al
confirmársele positivamente dijo: “No vayan! No vayan!”. “El procurador sabe
que ustedes tienen extraterritorialidad y que no les pueden procesar. No salgan
hoy a ninguna parte”.
Poco después de
decirles que no salieran, el Sr. Varela se marchó. Al despedirse le apretó la
mano a Riva Patterson diciéndole: “Cuídese y recuerde que puede contar
conmigo”.
Nunca pudieron
olvidar la expresión de Varela en aquel momento. Era un hombre distinguido, de
modales finos, un típico representante diplomático latinoamericano de la época.
Los cuatro cubanos no supieron más de él de lo que conocieron en Ciudad
Trujillo, pero la impresión que les produjo fue esa. La de ser un hombre
honesto, con ese sentimiento contradictorio de la honestidad que tienen los
seres humanos, capaces de relacionarse con Dios y con el Diablo, pero que en un
momento determinado les hace actuar correctamente.
Indudablemente
existen personas que son más agradables que otras. La única lógica posible, si
es que existió alguna en todo este proceso, es que siendo el Sr. Varela amigo
personal de Trujillo, se complaciera en conversar largas horas con un
matrimonio (diplomáticos de carrera), de clase social media, enamorados de una
revolución nacionalista y de justicia social, recién llegado de Cuba. Varela
mostraba un interés enorme escuchando todos los relatos sobre lo que estaba
ocurriendo en la mayor de las Antillas.
¿Por qué no habrían
de serles simpáticos, a un matrimonio mayor de diplomáticos de carrera?
Tampoco se puede
olvidar que los acontecimientos relatados se desarrollan durante los primeros
cinco meses del mes de enero de 1959. Aun el régimen, que Fidel Castro luego
impondría (a sangre y fuego) al pueblo cubano, no se había declarado tan
siquiera socialista. Continuaba siendo una revolución nacionalista y agraria.
Lo de anti-imperialista aun no había llegado.
La famosa emisora
radial cubana “Radio Reloj”, transmitia la noticia de la agresión sufrida por
los diplomáticos cubanos. Eso ocurría, en el intervalo de tiempo entre la
agresión mañanera y el regreso a la casa de la Embajada cubana. Radio
Reloj informaba que los diplomáticos se encontraban bien.
Al escuchar la
noticia, Gloria Amelia decide llamar por teléfono a Ciudad Trujillo. Logra
hablar con Riva Patterson, que le dice que se dirija hacia el Ministerio de
Relaciones Exteriores en compañía de su hermano Armando y que le diga al
Ministro Agramonte que tienen que regresar los cuatro. Que resultaba imposible
la permanencia en Santo Domingo. Esta comunicación telefónica sucede minutos
antes de comenzar el asalto a la
Embajada.
No bien se retiró el
Embajador del Perú se produjo un silencio extraño. Los ruidos de la calle
desaparecieron, cesó el tráfico.
Riva Patterson y
Ricardo Suárez salieron a la terraza. Uno de ellos se asomó al balcón.
Enseguida, alarmado, llamó a su compañero: “Mario, asómate a aquí, han retirado
a los policías”.
Era un indicio
sospechoso. Ambos se dirigieron al saloncito de la planta alta. Allí se
encontraba Díaz del Real. Pocos momentos después oyeron motores de guaguas y
camiones, acompañado de una gritería ensordecedora.
En ese instante, se
confirmaron los recelos. En la calle se alzó un rumor de gritos e injurias. Eran
aproximadamente 150 personas lanzando piedras sobre la fachada de la sede
diplomática. Los cristales de las ventanas saltaron hecho añicos. Una turba
frenética se lanzaba al asalto de la Embajada, a los gritos de: “Abajo el asesino
Fidel Castro” y vivas a Batista y al Generalísimo Trujillo.
Todas las puertas
exteriores de la casa tenían grandes rejas de hierro que, por precaución, se
encontraban perfectamente cerradas. Julio Cruz, el más joven de los cuatro, muy
indignado, quería salir.
“Tranquilo”, le
dijeron. “Que sabes tu de una turba sin control?”. “Déjalos que griten mientras
solo hagan eso”.
Pero no era eso lo
que se proponían los furibundos esbirros batistianos. A prudente distancia se
apostaron centenares d curiosos para disfrutar del espectáculo. La puerta de la Embajada resistió la
primera acometida. Surgieron entonces patas de cabra y mandarrias. La puerta se
vino abajo. Seguidamente, la turba corrió desenfrenadamente por jardines y
portales.
Afortunadamente, los
cuatro diplomáticos se encontraban en el interior de la casa. Pronto llegaron a
la conclusión de que los asaltantes podían entrar desde cualquier dirección y
de común acuerdo subieron, a todo lo que le daban las piernas, al piso superior
de la casa. Julio Cruz, empuñando su pistola, se disponía a disparar contra uno
de los asaltantes que casi tenía derribada la puerta de entrada, pero entre Díaz
del Real y Riva Patterson le contuvieron, diciéndole (tal vez pensando que los
asaltantes solo se dedicarían a destruir) que aun no había llegado el momento.
Batistianos y
trujillistas se extendieron por toda la planta baja, emprendiéndola con los
muebles y las tapicerías. De pasada echaban mano a cuanto objeto de valor
encontraban a su paso.
“Están arriba, vamos
a cogerlos”, gritó uno de ellos.
Los diplomáticos se refugiaron
en el último cuarto. La planta alta tenía una terraza al frente, un salón donde
había un radio, sofás y butacas. Un corredor largo al cual daban las
habitaciones y al final una habitación más grande, con baño, que era la
utilizada por Riva Patterson. Entre la habitación y el corredor, estaba ubicado un pantry con un
refrigerador. Para llegar a esa habitación, debían atravesarse dos puertas. Si
las puertas permanecían abiertas, se veía todo el corredor.
Entraron corriendo,
cerrando, a su paso, ambas puertas, mientras escuchaban los gritos desaforados
y los destrozos que causaban en la planta baja. Sintieron los pasos cuando los
asaltantes comenzaron a subir la escalera. Julio y Ricardo miraban, por las
ventanas que daban al fondo. Comprobaban si desde esa dirección podían ser
atacados. Mientras tanto Riva Patterson y Díaz del Real empujaban un escaparate
contra la puerta de la habitación. Todavía tenían esperanza de que aquella
turba se contentara con destrozar la casa.
Al frente de la turba
marchaban tres de los peores esbirros del marzato: Ventura Novo, Conrado
Carratalá y Lutgardo Martín Pérez.
Segundos más tarde,
los diplomáticos, ahora sitiados, sentían como derribaban la primera puerta. Cuando
Díaz del Real y Riva Patterson intentaban bloquear la segunda puerta, una
ráfaga de ametralladora pasa entre ambos, haciendo saltar pedazos de gavetas y
puertas del escaparate que cayó al suelo. Las balas se incrustan en la pared
del fondo. La segunda puerta cedió a golpes.
Las balas llegaban
silbando, desde la calle, a través de una ventana lateral.
Suponían, tal vez,
que los diplomáticos se encontraban desarmados. Escucharon la voz de Ventura
diciéndole a uno de los asaltantes que entrara por el hueco en que se había
convertido la última puerta. Sonó el disparo inconfundible de un revólver 38.
Era un tiro imposible de fallar. Le
habían acertado en la frente.
El asaltante muerto
quedó atravesado en lo que había sido la puerta del cuarto.
La turba arremolinada
en el corredor, ahora corría hacia atrás, en dirección a Carratalá, que se
había quedado "rezagado". Algunos entraron en las habitaciones
colindantes, efectuando disparos hacia la habitación.
Como quiera que la
puerta se encontraba medio destruída, desde el corredor y la sala, los
asaltantes divisaban parte de la habitación de los sitiados, que se habían
refugiado dentro del baño. Éste era el lugar que más seguridad les ofrecía,
dado a que su posición (dentro del cuarto) hacía un angulo recto en relación a
la puerta de entrada. En contraposición, no tenían visibilidad hacia el
corredor. Uno de los sitiados permaneció vigilando la puerta de entrada.
Los asaltantes
intentaron varias veces irrumpir, pero uno o dos disparos les bajaron los
ánimos. La situación se estabilizó por un tiempo.
La habitación era
amplia, era casi un salón. Situada en una de las mesas de noche, se encontraba
un teléfono directo. Por supuesto que aquella casualidad no había sido
planificada, ni mucho menos, pero resultó ser de incalculable valor para los
sitiados. Las comunicaciones servirían para que en el exterior de la Embajada conocieran que
aun estaban con vida.
La turba, mientras
tanto, se dedicaba a destruir la casa. Buscaban, por el jardín, la forma de
atacar la habitación. Si los asaltantes lograban entrar, eran hombres muertos.
La única esperanza era mantenerlos a raya con las pocas balas que les quedaban.
Díaz del Real tenía
un machete en la mano. Nadie sabía de donde había salido, ni nadie le preguntó.
Supusieron que fuese algún adorno. Blandiendo el machete dijo: "Para
cuando se acaben las balas". "No creo que te sirva de mucho", le
dijo Riva Patterson. Ambos se miraron unos instantes. "Sabes que estás
pálido como un muerto?", le preguntó. "Te imaginas que tu luces muy
bien?", ripostó Riva Patterson. "Hasta tienes peste a muerto".
No hubo risas, pero la tensión se calmó un poco. El más calmado de todos era
Ricardo Suárez. Julio Cruz se movía, por el baño, como una fiera enjaulada.
Sonó el teléfono.
Increíblemente funcionaba. "Ve al teléfono", le dijo Díaz del Real a
Riva Patterson. "Tu conoces mucha gente aqui. Es posible que puedas pedir
ayuda".
El problema consistía
en que, para llegar al teléfono tenían que pasar por delante de la puerta, con
muerto y todo incluído.
"Coge
impulso", dijo Ricardo Suárez. "Cuando vayas a pasar, yo disparo
hacia el corredor".
Esta maniobra suponía
que dos de los sitiados debían salir del baño. Uno para el teléfono y el otro
mantenerse de guardia, para evitar la irrupción de los asaltantes dentro de la
habitación, al percatarse de que uno de los sitiados se encontraba distanciado
del resto.
Apoyando un pie en el
borde de la bañadera y mientras Ricardo disparaba dos veces hacia el corredor,
pasó por delante de la puerta yendo a estrellarse contra la pared, al lado
mismo del teléfono. Varios disparos, de los asaltantes, fueron a parar a la
pared del fondo.
Ahora, tirado en el
suelo, se tapaba con el colchón de la cama, en vano intento de protegerse de
las balas enemigas. Levantó el auricular. Era una llamada del Ministerio de
Relaciones Exteriores de Cuba que, enterados por los cables, de los sucesos de
la mañana, preguntaban por los pormenores de lo ocurrido.
Nunca llegaron a
precisar cuantas llamadas fueron realizadas o recibidas. pero todo indica que
la llamada inicial la realizó su tío Enrique Patterson, en su calidad de
segundo introductor de embajadores en el Ministerio de Relaciones Exteriores.
Seguramente seguía órdenes del Ministro Agramonte, alertado por Gloria y Armando.
Las duras frases que
Gloria escucha pronuciar a Enrique Patterson (un hombre con mucha experiencia
diplomática) hace comprender a Gloria que la situación es sumamente grave.
Todavía, a esas alturas, no sabía que los cuatro hombres se encontraba bajo
fuego enemigo. Entonces, le pasan el teléfono para que hable con su marido.
"Tu regresas
mañana?", le preguntó. "Haré todo lo posible. Reza por mi",
contestó Riva Patterson.
Su marido no había
sido jamás religioso practicante, ni utilizaba esos términos habitualmente.
Intuyó el peligro. Los hijos del matrimonio rezaron toda la noche, hasta quedar
dormidos.
La segunda llamada
fue realizada a la policía. Del otro lado, respondió una voz burlona: "Ya
vamos para alla´". Solo doscientos metros separaba la estación de policía
más próxima de la casa de la Embajada. Tenían que estar oyendo el estruendo de
las armas. La gente corría en todas direcciones. Ya llevaban más de una hora
sitiados y la policía brillaba por su ausencia.
La llamada a la Embajada del Perú tampoco
surtió efecto. Varela no estaba. A los encargados de negocios de México y
Venezuela les pidieron, por favor, que se dirigieran al Ministerio de
Realaciones Exteriores o a donde fuera. Necesitaban ayuda urgentemente.
Llamó al Embajador de
España, Sr. Sánchez Bella, que se quedó estupefacto: "Si quiere ver como
asesinan a cuatro hombres, venga a la Embajada de Cuba", le dijo.
 |
| El Sr. Embajador Sánchez Bella |
Columnas de humo
comenzaba a penetrar dentro del baño-refugio de los sitiados. Toda la ciudad
sabía lo que estaba ocurriendo desde hacía dos horas. Al parecer, la policía
había decidido presentarse solamente para realizar el levantamiento de los
cadáveres.
La algaravía comenzó
a disminuir paulatinamente, hasta que se hizo silencio. Riva Patterson desde su
posición al lado del teléfono vió en el balcón a un raro sujeto de chaqueta
roja. "Quién es usted?", preguntó. "Soy bombero, abajo están
ardiendo los muebles".
Con mucha precaución,
los cuatro diplomáticos comenzaron a bajar las escaleras. Por fin, a las dos
horas justas de haber comenzado el ataque, apareció la policía. Miraban
incrédulos a los cuatro cubanos. Era imposible que estuvieran vivos, despues
del ataque de tan connotados especialistas batistianos y con un márgen de
tiempo más que generoso.
En las afueras de la
casa se habían concentrado tropas del ejército y hasta un vehículo blindado.
Regresaron a la
segunda planta y se asomaron al balcón de la terraza, desde donde divisaron a
un grupo de soldados. Un oficial se dirigió a ellos: "Pedimos permiso para
pasar", dijo. Recibió el permiso inmediatamente. Entonces, en un
movimiento inusual, el oficial se dirigió a la tropa diciéndoles: "Fíjense
bien que me han autorizado a pasar. Yo voy a pasar porque me están
autorizando".
Fue el embajador
español el primero que llegó al lugar de los hechos. De estupefacto pasó a
colérico: "Esto es una salvajada", sentenció.
Sánchez Bella era
miembro distinguido de La
Falange española. Gozaba de gran prestigio en la República Dominicana.
Sin embargo, de todas las manifestaciones pronunciadas por el Cuerpo
Diplomático, fueron las suyas, las más severas.
Llegaron también el
Embajador de Guatemala, los Encargados de Negocios de México y Venezuela. El
Embajador del Perú llegó más tarde. Todos estaban consternados. Riva Pattreson
y Díaz del Real se dirigieron al Sr. Varela, solicitándole de inmediato una
reunión del Cuerpo Diplomático. Estaban solicitándole algo insólito. La
protección de dicho cuerpo.
Unos diplomáticos
pidiendo la protección de otros. También era insólita la posición en que se encontraban.
La estrategia de los cubanos, era forzar al gobierno dominicano.
El ejército había
desalojado a los asaltantes, pero las tropas comenzaban a retirarse. Anochecía.
La situación de los cuatro hombres era más que difícil.
Por otra parte, el
Encargado de Negocios de Venezuela les comunicaba que las estaciones de radio
habían aumentado su volumen de propaganda anti-cubana y que estaban permitiendo
hablar a varios exiliados que les llamaban (a los diplomáticos) asesinos,
comunistas. Decían que se estaban reuniendo grupos en diferentes zonas de la
ciudad.
En vistas de tales
circunstancias, el Sr. Varela les propuso que Díaz del Real y Riva Patterson se
trasladaran a su casa, ya que ambos debían concurrir a una reunión (convocada
por Varela en su calidad de Decano del Cuerpo Diplomático) pero que tenían que
ver que hacían con Julio y Ricardo, puesto que inexplicablemente no tenían
pasaporte diplomático y por tanto carecían de inmunidad.
Riva Patterson se
dirigió al Embajador de Guatemala, pidiéndole que llevase a Julio y Ricardo
para su casa. Sorprendido por semejante petición, momentáneamente no supo que
responder, murmurando que él no podía conceder asilo sin consultar.
“No, Embajador”, dijo
Riva Patterson, “no se trata de asilo, solo de que invite a estos señores a
comer a su casa”. De esa forma, tan poco ortodoxa, quedaban Julio y Ricardo
bajo la protección del Embajador de Guatemala, mientras que él y Díaz del Real
continuaban bajo la protección del Embajador del Perú.
Ya en la Embajada del Perú, el Sr.
Varela les relató que mientras ocurría el asalto a la Embajada cubana, él se
había dirigido al Palacio Presidencial y durante más de una hora. Como Decano
del Cuerpo Diplomático, trató inútilmente de ver a Trujillo, para que
detuvieran aquella barbaridad.
El ayudante de
Trujillo le dijo que el “Generalísimo” se encontraba ocupado y que le había
pasado el recado. Que lo recibiría lo más pronto que le fuera posible. Cada
diez minutos se dirigía al oficial, explicándole la situación. Al fin, Trujillo
le recibió y lo primero que le dijo fue que ya había ordenado detener el
ataque. Que le habían informado que el grupo atacante estaba compuesto por
cubanos contrarios al gobierno de Castro y que tan pronto le habían llegado las
noticias, ordenó a las fuerzas de seguridad para que intervinieran. Por último
le dijo: “No se preocupe, los cubanos, por los que
usted se interesa, están bien”. “Los refugiados estos, que tenemos aquí, son
tan pendejos, que en dos horas no pudieron coger a ninguno”.
La mujer del Embajador,
al sentir los primeros disparos, pensó que se trataba de cohetes con los que
estaban celebrando alguna cosa. Para ver de qué se trataba, se asomó al jardín
de su casa, siendo testigo presencial del asalto. Estuvo ingresada en una
clínica, como consecuencia del shock, hasta que los diplomáticos cubanos
salieron de la República Dominicana.
Al cabo de cierto
tiempo, comenzaron a llegar los Embajadores. El Embajador de los Estados
Unidos, Sr. Farland, regresaba de una pesquería y se presentaba en pull-over
(t-shirt) y zapatos tennis. Se disculpó diciendo que al escuchar las noticias
no había querido perder tiempo para cambiarse de ropa.
Poco antes de
comenzar la reunión en la casa de la Embajada del Perú, uno de los sirvientes, que
conocía a Riva Patterson le dijo que la radio había dicho que los cuatro
diplomáticos cubanos habían muerto. Entonces le condujo a un saloncito donde se
encontraba un equipo de radio y allí pudo escuchar que varias turbas recorrían
las calles portando carteles y gritando consignas.
Un energúmeno pedía a
Trujillo, que autorizara un duelo, entre dos de ellos, cerrando una calle, y
dos de los diplomáticos, para ver quienes eran más guapos (valientes) y otra
serie de sandeces por el estilo.
En la reunión, los
diplomáticos cubanos plantearon abiertamente que en horas de la mañana habían
resultado objeto de una agresión física en medio de la calle y por la tarde
había sido asaltada la
Embajada, a mano armada.
Pedían del Cuerpo
Diplomático lo siguiente: Protección, en vista de que el Gobierno Dominicano
era incapaz de ofrecerles garantías. Esta petición se sustentaba en base a que
tan solo 300 metros
de distancia mediaban entre la estación de policía más cercana y la casa de la Embajada. Que el ataque había
durado más de dos horas y no habían sido capaces de intervenir.
El Embajador del Perú
dijo que, la reunión extraordinaria del Cuerpo Diplomático tenía por objeto
considerar la solicitud presentada, debido a que se encontraban en peligro de
muerte dos diplomáticos pertenecientes a dicho Cuerpo. Uno de los Embajadores
dijo algo relativo a un convenio por el cual no era posible que un diplomático
pidiera asilo en otra Embajada.
“Claro que eso no
puede estar contemplado en un tratado, porque es un completo absurdo”, dijo
Riva Patterson. “Pero también es un absurdo que persigan a tiros a unos
diplomáticos, dentro de su propia Embajada y que al final les intenten quemar
vivos”.
La reunión se fue
complicando, al punto de que los diplomáticos cubanos, que no sin razón se encontraban
alterados. Fue entonces que Riva Patterson exclamó: “Que tratado, ni que
cojones!”
Ante este exabrupto,
el Embajador Sr. Pombo, de Argentina, hombre relativamente joven, de barba
corta, de esas que se conocen con el nombre de chivo o perilla, se levantó, aproximándose
a Riva Patterson, dijo: “Vamos a descansar un momento, mientras yo hablo con el
colega cubano”, dirigiéndose a los allí reunidos.
“Ven conmigo. Vamos a
beber algo, a la cocina, para refrescarnos”, le dijo a Riva Patterson.
Dirigiéndose ambos a
la cocina, continuó diciendo: “No te preocupes colega, ya comprendo como te
sientes, pero, para que estés tranquilo che, quiero decirte que cualquier cosa
que acuerden esta partida de boludos, tu duermes esta noche en mi Embajada. A
ver si se atreven también a asaltar la Embajada Argentina”.
“Mirá, si tu sales a la calle, no llegás a la esquina!”.
Durante la reunión se
recibieron varias llamadas del
Ministerio de Relaciones Exteriores, citando a distintos Embajadores, con la
evidente intención de interrumpirla. Al final, una numerosa representación del
Cuerpo Diplomático se dirigió a la Cancillería.
A la reunión de la Cancillería asistió
Juan José Díaz del Real. Mientras tanto, Riva Patterson permanecía en la Embajada del Perú.
A las ocho horas de
la noche, llegaba a la Cancillería, la
representación del Cuerpo Diplomático. Se esclarecieron muchos aspectos. El Canciller Herrera Báez no había concedido ninguna
entrevista a los cubanos para las tres de la tarde de aquel día.
El Canciller Herrera
Báez expuso su versión de los hechos. Los diplomáticos cubanos habían sido
atacados en la calle. Santo Domingo se encontraba llena de refugiados cubanos
que, lógicamente no simpatizaban con el gobierno de Fidel Castro. Estos,
actuando por su cuenta, habían atacado a los diplomáticos y él mucho que lo
lamentaba.
“Hace poco”, dijo
Herrera Báez, “en La Habana
colocaron una bomba contra nuestra Embajada. Nosotros comprendimos que el
Gobierno cubano no era el responsable, aunque sí exigimos que se tomaran las
medidas pertinentes”.
“Los sucesos de hoy”,
continuó el Canciller, “son consecuencias de las luchas internas de Cuba, de
las que el gobierno dominicano no es responsable. Tan pronto el Gobierno
dominicano supo que estaban atacando a la Embajada, envió a las fuerzas de seguridad para
protegerles”.
Dentro de su
intervención de casi 20 minutos, dijo algo así como que probablemente los
diplomáticos no se hubieran enterado de que hasta un carro blindado había sido enviado
a lugar de los hechos.
Terminó diciendo que
el Gobierno Dominicano garantizaba la vida, la seguridad y la libertad de
movimiento de los diplomáticos cubanos.
Se negaba
rotundamente a acceder a la solicitud de
asilo de los diplomáticos cubanos, que eso era un imposible y que las garantía
las daba a título de su gobierno y personalmente.
Nuevamente en la Embajada del Perú y luego
del informe de lo sucedido en la reunión de la Cancillería, el Sr.
Varela llamó aparte a Riva Patterson y Díaz del Real, para decirles que si
ellos insistían en la petición de asilo, él tenía la seguridad que lo
encontrarían en cualquier Embajada pero, que esa situación pondría al gobierno
dominicano en una situación sumamente difícil, por lo cual, él (Varela) tenía
la completa seguridad de que nunca saldrían de Santo Domingo, o por lo menos,
hasta que Trujillo muriera.
A continuación y de
forma confidencial, le dijo a Riva Patterson: “He hablado ya con el
Generalísimo y me ha asegurado que ustedes no van a tener más problemas. Mi
sugerencia es que acepten la palabra del Canciller y todo quedará resuelto de
la mejor manera”.
El Ministro de
Relaciones Exteriores dominicano, había invitado a los diplomáticos cubanos a
hospedarse en el Hotel Embajador- El Sr. Varela les acompaño hasta una suite de
dicho hotel. Allí les esperaba una fuerte custodia policial. A pesar de las
agotadoras emociones de un día tan dramático, era dudoso que pudieran dormir.
El hotel se
encontraba rodeado de soldados portando armas largas. Dos soldados a la salida
del elevador y uno en cada puerta, a lolargo del pasillo que conducía a la
suite. En la puerta, un Teniente, que les saludó militarmente, diciéndoles que
se encontraba a entera disposición, pidiéndoles que, si deseaban salir a alguna
parte, él tenía órdenes de acompañarles, como forma de protección. Solamente
una condición: Debían decirle a donde pretendían ir.
De común acuerdo,
decidieron comer algo en la propia habitación y acostarse luego. No tenían más
ropa que la puesta y consideraron estúpido regresar a por las cosas personales.
Se afeitaron, tomaron un baño, luego comieron algo encargado al servicio de
habitaciones y, a pesar de todo consiguieron dormir.
Entre las siete y las
ocho de la mañana del sábado día 6 de junio (faltando solamente 8 días para el
desembarco de tropas proveniente de Cuba), ya se encontraban todos despiertos,
menos Julio Cruz.
Llamaron a la puerta
de la habitación. Una expresión de alivio apareció en sus rostros al advertir
que era el Sr. Varela. Otro tanto se advertía en la cara del Embajador al
comprobar que sus colegas no habían sufrido nuevos quebrantos durante la noche.
Solicitaron una
llamada a La Habana.
Hablaron con el ViceMinistro Primelles, quién despues de
escuchar el relato de los acontecimientos les ordenó regresar a Cuba
inmediatamente.
Finalizada la llamada,
le informaron al Teniente que precisaban ir al buró de turismo del hotel para
resrevar los pasajes de avión. Riva Pattreson fue acompañado por el Teniente y
dos soldados, que permanecieron todo el tiempo a prudente distancia. Díaz de
Real permaneció en la habitación junto con Juli y Ricardo.
Aquellos que no
conocieron a la República Dominicana
en la "Era de Trujillo", les resultará difícil comprender la
expectación que que se produjo en el hotel. Hoy parecería una escena de un
filme de acción.
En aquella época era
totalmente normal que, en Ciudad Trujillo, luego que las emisoras de radio y la
prensa escrita hicieran un simple señalamiento sobre una persona, era
suficiente para considerarla muerta o desaparecida.
La salida del
elevador, escoltado por tres militares armados era un acontecimiento inusual,
máxime cuando en los principoales periódicos de esa mañana, aparecía la
fotografía de Riva Patterson con una leyenda de "Asesino". «Esta es
la fotografía del asesino filo-comunista, disfrazado de diplomático». En el
mismo periódico aparecía un artículo, que ocupaba casi la última página, en el
cual un llamado «Ejército de Liberación» le había condenado a muerte y
terminaba la sentencia diciendo: «Ejecútese dondequiera que pueda encontrarse».
Al atravesar el
vestíbulo del hotel, algunas personas corrieron, otras se asomaban desde detrás
de las columnas.
Una jovencita les
atendió en la oficina de turismo. En el momento en que fue abordada por el
diplomático, "condenado a muerte", se encontraba leyendo el
periódico «El Caribe».
La sonriente muchacha
cambió la sonrisa, para una mueca helada. Aquella niña temblaba como hoja que
se lleva el viento. Miraba la fotografía del periódico y nuevamente a la cara
de su interlocutor, sin atinar a nada.
El Teniente, dándose
cuenta de la situación le dijo: "Señorita, haga el favor de atender a su
Excelencia".
La muchacha respondía
afirmativamante, pero sus manos se negaban a responderle y no conseguía anotar
lo que se le estaba pidiendo.
Un empleado de más
edad acudió en su ayuda. Tomó nota de la solicitud y momentos más tarde
informaba que no encontraba espacio disponible en ningún vuelo para La Habana. Por lo menos
en un mes.
Ante semejante
sorpresa se le dijo que procurara reserva para México, Jamaica, Venezuela o
cualquier otro país y que tratara de hacérles conexión para llegar a La Habana, lo más rápidamente
posible.
Minutos despues le
daba exáctamente la misma respuesta. Efectuó un último intento reservando para
España, pero la respuesta del funcionario fue siempre la misma. «No había
espacio disponible».
Al principio, el
Teniente insistió con el empleado, intentando ayudar, pero a la segunda
negativa dejó de intervenir en el asunto, limitándose a permanecer, a cierta
distancia, discretamente.
Se encontraban
nuevamente reunidos en la habitación del hotel. Se había incorporado el
Embajador del Brasil. Impusieron a ambos Embajadores la nueva situación y los
dos coincidieron en su falta de extrañeza ante semejante situación. Sabían, por
experiencia, que ese era el método utilizado en la República Dominicana.
Fue entonces que Riva
Patterson recordó el ofrecimiento realizado por el Embajador de los Estados
Unidos Mr. John Farland. Sin perder más
tiempo telefoneó a Farland , el cual allanó todas las dificultades. Tampoco
Farland se sorprendió ante aquel hecho.
Mr. Farland tenía
reservados, de forma permanante, cuatro asientos, en todas las líneas aéreas
americanas. Por tanto, les cedía esos asientos a los colegas cubanos, siempre
que quisieran volar a Miami y de allí a La Habana. Aceptaron
la propuesta.
Pocos minutos pasaron
antes que la Pan American
les llamara para comunicarles que tenían disponibles cuatro asientos, pero no
podía venderle los boletos, al carecer los pasaportes del visado de entrada a
los Estados Unidos.
Extremando su
gentileza, Farland hizo que el cónsul de la Unión, a pesar de ser sábado, se personara (con
todos los cuños necesarios) para visar los pasaportes, en la misma habitación
del hotel.
Concluídas las
gestiones de los pasajes y los visados, Riva Pattreson telefoneó nuevamente a
Mr. Farland, para agradecerle la gentileza. Farland, a su vez, les deseó un
buen viaje y feliz regreso a La
Habana.
Fueron a despedirles
al hotel los Embajadores de Perú y Brasil, así como los Encargados de Negocios
de Venezuela, México, Argentina y Guatemala. Todos se expresaron de igual
forma. La despedida sería en el hotel, aunque ellos estarían en el aeropuerto
hasta que despegara el avión.
A la hora de partir,
Riva Patterson llamó al Teniente que estaba de guardia, invitándole a entrar a
la habitación y beber café con todos ellos.
"Teniente",
le dijo. "Como usted sabe, hay algunas manifestaciones, incluso en las
inmediaciones del hotel y probablemente, a nuestra salida del hotel puede
producirse alguna demostración en contra nuestra. Han tomado medidas para
evitar una agresió?", preguntó. A nosotros no nos preocupa que griten o
vociferen, pero sí, que nos vayan a atacar o lanzar algún proyectil, piedra o
algo por el estilo".
"Cuanto tiempo
lleva usted en la
República Dominicana?", le preguntó el oficial. A
continuación sentenció:
"Si usted lleva
en nuestro país, desde el mes de febrero, es tiempo suficiente para conocerlo
bien. El Generalísimo y Doctor Rafael Leonidas Trujillo y Molina, Benefactor de
la Patria y
Padre de la Patria Nueva,
ha dado órdenes de que ustedes salgan sin problemas de la República Dominicana.
Tenga usted la seguridad de que pueden ir hasta el aeropuerto caminando, que
nadie osará molestarles".
Efectivamente, fueron
trasladados en un patrullero escoltado.
Esa misma mañana de
sábado, mientras se salvaban los inconvenientes anteriormente relatados, en La Habana, Gloria Amelia (la
mujer de Riva Patterson), despues de una noche de angustias, sin noticias
(nadie contestaba al teléfono), decidió comunicar con la Embajada del Perú.
El Embajador Varela
le dijo: "Despreocupese Gloria, Mario va para allá en el vuelo de la Pan American que hace escala en Miami". "Yo
estaré en el aeropuerto, pero él no me verá", fueron las palabras del Sr.
Varela.
Aparentemente, las
autoridades dominicanas estaban intentando demorar la partida. En el palacete
de José Eleuterio Pedraza, , en la "Avenida Cordell Hull" no. 66,
velaban el cadáver de Rilde González Martínez, el hombre que había resultado
muerto en la Embajada. El entierro de Rilde se
efectuaría aquella misma tarde y tal vez esperaban que se produjese otra
confrontación.
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| José Eleuterio Pedraza, a la izquierda de Fulgencio Batista |
Aparentemente, era el
mismo Rilde Gónzalez Martínez que había sido lugarteniente de Rolando
Masferrer. El mismo de los famosos y luctusos "Tigres de Masferrer. Al
producirse su muerte, se encontraba siendo juzgado en Cuba (en ausencia), por
la causa no 42/59.
A las 12:40 horas del
mediodía de aquel sábado 6 de junio de 1959 despegaba el avión de la Pan American y los
cuatro diplomáticos cubanos dejaban atrás el odioso ambiente de Ciudad
Trujillo. Atrás quedaban el "Chacal del Caribe y su protegido, el
"Carnicero de Cuquine". Esa misma tarde regresarían a una Cuba nueva,
donde avanzaba inexorablemente, el proyecto de "Bestia Ilustrada",
llamada Fidel Castro.
El avión hizo escala
en Port au Prince, Haití. No tuvieron que descender del avión. De allí
despegarían a las 5:45 p.m. en el vuelo 434 de la Pan American.
Al llegar a Miami el
avión, en lugar de dirigirse hacia la terminal del aeropuerto, continuó hasta
la cabecera de la pista apagando los motores. Los pasajeros comenzaba a hacer
conjeturas, cuando un automóvil oficial y un omnibus se aproximaron. Un oficial
de inmigración pidió a los pasajeros descender de la aeronave, menos los cuatro
diplomáticos cubanos.
Despues de que los
pasajeros abandonaran el aparato, el funcionario se dirigió a los cubanos, en
correcto español diciendo: "Déjenme verles las caras". "Ustedes
son las personas con mayor suerte del mundo". "Yo viví muchos años en
la República
Dominicana y no comprender como ustedes poder salir vivos de
allí".
A continuación les
informó que habían dado órdenes de que no bajasen del avión, para evitar
problemas y que en ese mismo avión se les trasladaría a Cuba. A ellos
solamente.
A las siete de la
noche aterrizaban en el aeropuerto "José Martí de La Habana
Dándo la información
del Sr. Varela por válida, poco antes de la hora estimada llegó al aeropuerto
de Rancho Boyeros, casi a la misma hora que lo hacían los cuatro diplomáticos.
Colándose en la pista, solo pudo ver a su marido unos instantes, antes que un
automóvil del Ministerio de Relaciones Exteriores se llevara a los cuatro inmediatamente.
El sacrificio
de una pieza
A tantos años de los
acontecimientos que relato y después de haber vivido tantas conspiraciones y
contra-conspiraciones, no he podido dejar de hacer conjeturas.
¿Por qué, si aquellos diplomáticos defendieron
el territorio nacional (sede diplomática) nunca recibieron un homenaje, siendo
mantenidos a la sombra?
¿Cabría la posibilidad de que el “show” estuviera diseñado desde las entrañas del
régimen de Fidel Castro y asociada, de alguna forma con la
"expedición" del día 14 del mismo mes?
¿Sería que Fidel Castro necesitaba cuatro
muertos para justificar aquel desembarco aéro-naval de guerrilleros
pro-fidelistas?
¿Tendría algo que ver la decisión
inconsulta, al embajador yanqui, para salir de aquel infierno? ¿Sería que no
coincidirían con las ideas del autoproclamado “Primer Ministro” del gobierno
revolucionario?
Sería que Trujillo ya tenía conocimiento de
la agresión, cuando permitió el asalto a la Embajada?
El gobierno de Fidel Castro no denunció ante la Organización de
Estados Americanos (OEA), ni formuló queja alguna en relación a estos
acontecimientos, como era de esperarse.
Ocho días más tarde
tendría lugar la llamada "expedición" del 14 de junio.
Cerca de las
cinco de la tarde del 13 de junio, el Comandante Camilo Cienfuegos despidió a
los dos grupos y ordenó que hicieran la mayor cantidad de fotos que fuese
posible. Las tres fragatas, que entonces tenía la Marina de Guerra
Revolucionaria, servirían de apoyo y velarían por la seguridad de ambas
embarcaciones.
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| Camilo Cienfuegos y la tropa expedicionaria |
El 14 de junio
de 1959 una tropa expedicionaria salida de Cuba llegó por avión a Constanza, en
el corazón de la
Cordillera Central, con el fin de iniciar una guerra de
guerrillas contra la tiranía de Rafael Trujillo. Seis días después otros dos contingentes
llegaron en sendas embarcaciones a las playas de Maimón y Estero Hondo, en la
costa norte. Esos contingentes estaban compuestos por dominicanos de variadas
tendencias políticas que habían estado exilados en Cuba, Puerto Rico,
Venezuela, Estados Unidos y México. Estuvieron acompañados por cubanos,
venezolanos, puertorriqueños y unos cuantos revolucionarios más de otras
nacionalidades.