sábado, 20 de agosto de 2011

Charles Wright Mills y Fidel Castro

En 1960, Charles Wright Mills (sociólogo norteamericano 1916-1962) publicó un libro titulado “Listen, Yankee”.

Pretendía ser una advertencia al gobierno de su país (los Estados Unidos de Yanquiland), considerando que la incomprensión (hacia la victoria popular de 1959 en Cuba), en que incurrían, sería un error histórico.

Mills, que murió a la temprana edad de 46 años, conversó en 1960 (durante tres días) con el auto-proclamado “Primer Ministro” Fidel Castro y varios días más con el entonces delegado del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA= gobierno de facto) en la provincia de Oriente, Rene Vallejo.



A Mr. Mills no le alcanzó el tiempo de vida para constatar la gran estafa en que se convertiría aquel personaje quijotesco llamado Fidel Castro.

Rene Vallejo
En 1962 se apoderaría del poder absoluto y cinco años más tarde, los cubanos seríamos totalmente dependientes de una de las más crueles dictaduras que hayan existido sobre la faz del planeta.

Por suerte, el sistema dictatorial de los hermanos Castro Ruz solo ha sido un accidente aislado del cual se han valido políticos y personajes de tendencias neo feudales para sacar provecho personal en Asia, África y sobretodo en Iberoamérica.

Mr. Mills formulaba la recomendación en ocho cartas, sobre lo que había apreciado a solo año y medio de la victoria popular de enero de 1959.
Una de las proclamas de las que se hacía eco Mr. Mills sería aquella de que (refiriéndose al “revolucionario cubano”) “nosotros somos parte de América Latina, no de Norte América”.
Dejando bien claro que aquella “revolución” (“tan verde como las palmas”), no quería tener nada que ver con el vecino del norte.

No sé si sería Mr. Mills o la contraparte. El caso es que si fueran verdad las argumentaciones recogidas, estuvieran tergiversando la historia.
La historia de Cuba es común a la historia de toda la América nuestra, incluyendo a los vecinos del norte (yanquilandia y Canadá).

Es totalmente falso que Iberoamérica creciera más rápido que los vecinos señalados. Peor aun, decir que para esa fecha (o para ninguna otra) estuvieran cansados de las corporaciones.
Tal vez quisieran decir, en todo caso, que imperaba la necesidad de cambiar un tanto la forma en que operaban dichas corporaciones y frenar (dentro de lo posible) el arbitraje que ejercían los sucesivos gobiernos yanquis sobre la política cubana y por extensión del resto de los países del hemisferio.

Mr. Mills escuchó (pacientemente) bravuconadas tales como: “el gobierno norteamericano apoyó a Batista hasta el último minuto de su régimen gangsteril”.
Mejor aun: “El Caribe no es ya un lago norteamericano”.
¡Pobre Mr. Mills!

Si el gobierno de los Estados Unidos hubiera apoyado a Batista, jamás hubiera ocurrido la victoria popular de enero de 1959.
Lo peor es que el Mar Caribe continúa siendo el Mediterráneo americano, pero el de todos.

Lo único que se acabó en Cuba resultó ser la democracia y el mercado libre. De país de inmigrantes pasó a ser una suerte de colonia de la difunta Unión Soviética.
Cuba, emisora de emigrantes hacia todas partes del mundo.

Mr. Mills no estaba totalmente equivocado cuando en su introducción advierte: “La voz de Cuba hoy es la voz de la euforia revolucionaria…” “…son las razones de todo el mundo hambreado.”
¡Y llevaba razón!

El error no está en la euforia. No es mentira lo del “mundo hambreado”.
El error consiste en como utilizar la euforia para trabajar, de forma tal que ese “mundo” deje de estar hambreado y no se convierta en un mundo hiper-hambreado.

Mr. Mills no se equivocó cuando dice que los victoriosos de enero de 1959 afirmaban que no podía existir un verdadero entendimiento con el gobierno de los Estados Unidos mientras que las corporaciones yanquis fueran las dueñas de las riquezas del resto de las AMÉRICAS y se mantuvieran las políticas injerencistas.
Hasta aquí no era ideología.

El problema ideológico surge de la forma en que Fidel Castro intentó “resolver” el problema.
Los cubanos no éramos comunistas, pero estábamos dispuestos a defender la victoria popular de enero de 1959.

Dicho esto, debo aclarar que hace 51 años quedó bien definido que Fidel Castro no quería una verdadera democracia, aun cuando considerase que en los Estados Unidos no se aplicara el concepto.
Fidel Castro no quería una sociedad libre. Consideraba que ese sistema político no había funcionado en Cuba.

Esta afirmación: … “Nosotros probamos esa forma de sistema político en Cuba. Quizás funcione con ustedes, pero con nosotros, no”, deja a las claras un cambio de ideología.

No sé si los sucesivos gobiernos norteamericanos tomaron en cuenta las recomendaciones de Mr. Mills. No obstante, estoy convencido de que los hechos les hicieron ver la forma de actuar cada vez que han surgido conflictos en los países hambreados de todas partes del mundo.
No pretendo decir que les hayan dado solución.

Hoy Cuba forma parte de esos países hambreados y aunque no sea de los peores, el desgobierno se empeña (con sus políticas económicas descabelladas) en aproximarse más a los casos de Somalia y Haití.

Han transcurrido 51 años desde que Mr. Mills formuló tan preclaras recomendaciones.
Han pasado once inquilinos por la Casa Blanca.

En Cuba continúan dictando órdenes los hermanos Castro Ruz.

¡Valiente democracia!

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