domingo, 8 de agosto de 2010

Autobiografía de Fidel


(versión corregida por Manchiviri)

Nací el 13 de agosto de 1926.

No nací político, aunque desde muy niño observé hechos que, grabados en mi mente, me ayudaron a comprender las realidades del mundo.

En mi Birán natal, solo había dos instalaciones que no pertenecían a mi familia: el telégrafo y la escuelita pública (1). Allí me sentaban en la primera fila. Forzosamente aprendí a leer y a escribir. En el año 1933, cuando no había cumplido todavía siete años, la maestra, pretextando mi hipotética inteligencia, me llevó para Santiago de Cuba (2), donde residía su familia, en una vivienda pobre y casi sin muebles, que se filtraba por todas partes cuando llovía. En aquella ciudad, no me enviaron siquiera a una escuela pública como la de Birán.


(1) Fidel Castro pertenecía a la clase media alta.

(2) Existe una contradicción entre lo que escribe Fidel Castro sobre la maestra y lo que escribe su hermana Juanita.


Después de muchos meses sin recibir clases, ni hacer algo como no fuera escuchar en un viejo piano la práctica de solfeo de la hermana de la maestra, profesora de música sin empleo; aprendí a sumar, restar, multiplicar y dividir, gracias a las tablas impresas en el forro rojo de una libreta que me entregaron para practicar la caligrafía, y que nadie dictó ni revisó nunca (3).

(3) En este párrafo se auto-complace y recrea. En el libro "Tarzán de los Monos", del escritor inglés Edgar Rice Burroughs, el hijo huérfano de John Clayton (Lord Greystoke) aprende a leer en inglés sin otra ayuda que unos libros viejos y deteriorados por las lluvias tropicales durante al menos 20 años.

En la vieja casa donde inicialmente me albergaron, de una cantina que llevaban una vez al día, nos alimentábamos siete personas, entre ellas, la hermana y el padre de la maestra (4). Conocí el hambre creyendo que era apetito, con la punta de uno de los dientes del pequeño tenedor pescaba el último granito de arroz, y con hilo de coser arreglaba mis propios zapatos (5).

(4) No tengo la menor idea como serían las cantinas en Santiago de Cuba, pero en mi casa se comía de la misma forma y las raciones eran abundantes.

(5) Al parecer, no sabe que el pueblo de Cuba lleva más de 50 años pescando el último granito de arroz, e "inventando"* para andar calzado.


Al frente de la modesta casa de madera donde vivíamos, un Instituto de Bachillerato permanecía ocupado por el Ejército. Fue la institución infantil a donde me condujo aquella humilde maestra.

Mi familia había sido engañada, y yo ni siquiera podía percatarme de aquella situación. El engaño me hizo perder tiempo, pero me enseñó mucho sobre los factores que la determinaron. Cumplidos los ocho años, fui matriculado en enero de 1935 en el primer grado de una escuela de los Hermanos La Salle. Ingresé en aquella escuela como alumno externo. Residía en una nueva vivienda, muy próximo a la mencionada anteriormente, a donde se mudó la profesora de música, hermana de la maestra de Birán.

Estaba harto de aquella casa y me rebelé de manera consciente por primera vez en mi vida; rehusé comer algunos vegetales desabridos que a veces me imponían y rompí todas las normas de educación formal (6), sagradas en aquella casa de familia de exquisita cultura francesa, adquirida en la propia Santiago de Cuba. Tan insoportable se volvió mi rebelión que me enviaron de cabeza como interno a la escuela. Lo que para otros niños era duro, para mí significaba la libertad (7). ¡Nunca me llevaron ni siquiera a un cine!

(6) Majadero el mocoso de 8 añitos de edad. Si no le gustaba la comida armaba una perreta. Ya comenzaba a mostrar sus dotes de energúmeno. A eso él le llama "rebelión"

(7) El estar interno, en una escuela, lejos de su familia y bajo rigurosa disciplina, a Fidel Castro se le antoja llamarle "libertad". Esa es la "libertad que hace 50 años concibió para el pueblo de Cuba. Durante muchísimos años dejaron de existir las navidades (recomenzaron luego de la visita del Papa Juan Pablo II). La Semana Santa dejó de celebrarse y se prohibieron las procesiones. Hoy en día se autorizan esporádicamente y solo para aquellos templos que posean áreas alrededor. Constituye un acontecimiento ver procesiones por las calles de cualquier ciudad de Cuba.


Había llegado a Santiago con dos años de adelanto, y entré a la escuela de los Hermanos La Salle con unos de retraso. Cursé fácilmente el primero y segundo grados. Aquel centro era una maravilla. Como norma íbamos a Birán tres veces al año: Navidad, Semana Santa y vacaciones de verano.

Del tercer grado en la escuela La Salle pasé al quinto como premio por mis notas. Durante el primer trimestre todo iba bien. Entonces sucedió un percance con uno de los miembros de la congregación, inspector de los alumnos internos.

Un domingo tuve un pleito intrascendente con otro de los alumnos internos. Apenas llegamos a la escuela terminamos de zanjarlo; debido a ello, aquel autoritario hermano de la orden religiosa me golpeó en la cara con las manos abiertas y con toda la fuerza de sus brazos (8). Quedé aturdido, con los golpes zumbándome en los oídos. Transcurridas dos o tres semanas, me propinó un pequeño coscorrón en la cabeza por hablar en filas. Un pan con mantequilla que llevaba en la mano se lo lancé al rostro al inspector, y luego lo embestí con manos y pies de tal forma, delante de los alumnos internos y externos, que su autoridad y sus métodos abusivos quedaron muy desprestigiados. Yo tenía entonces 11 años.

(8) En aquella época en las escuelas católicas se propinaban ese tipo de castigos corporales. Unos años más tarde (1957-58) mis padres me sacaron del Colegio Champagnat, de los Hermanos Maristas de La Víbora, porque llegaba a casa con dolores de cabeza, resultado de "coctazos", consecuencia directa de mis insoportables majaderías. En 1965, estudiando en Londres, Inglaterra, presencié como castigaban a mis condiscípulos, azotándolos con una vara de fresno, en las palmas de las manos y en las posaderas. Y no era una escuela religiosa.

El incidente había ocurrido semanas antes de la Navidad, en que tendríamos dos semanas y media de vacaciones. Al venir nuestros padres a buscarnos, acusaron a mis dos hermanos y a mí de pésimo comportamiento. "Sus tres hijos, son los tres bandidos más grandes que pasaron por esta escuela", le dijeron a mi padre (9).

(9) Nunca mejor dicho.

continuará...