lunes, agosto 09, 2010

Autobiografía de Fidel (parte 2)


(versión corregida por Manchiviri)

Me matricularon en enero de 1938 como alumno externo en el Colegio Dolores, regido por la Orden de los Jesuitas, mucho más exigente y rigurosa en materia de estudios, pero más de clase alta y rica que su rival de los Hermanos La Salle.

En esta ocasión me tocó residir en la casa de un comerciante español amigo de mi padre, pero en aquella casa, era un extraño.

Enfermé a fines de ese verano, y estuve ingresado alrededor de tres meses en el hospital de la Colonia Española de Santiago de Cuba. Me habían operado del apéndice, y a los 10 días la herida externa se infestó. A fines de ese mismo año, 1938, los tres hermanos nos volvimos a reunir, como alumnos internos en el Colegio Dolores.

En el sexto grado, con varias semanas de clases perdidas, debí esforzarme para ponerme al día. Una etapa nueva se iniciaba. Profundizaba los conocimientos en Geografía, Astronomía, Aritmética, Historia, Gramática e Inglés.

Se me ocurrió escribirle una carta al presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, que con su silla de ruedas, su tono de voz y su rostro amable despertaba mis simpatías. Gran expectación, una mañana las autoridades en la escuela anunciaron el gran suceso: "Fidel se cartea con el presidente de los Estados Unidos". (10)

(10) Una prueba, fehaciente, de los incipientes delirios de grandeza.

En aquel colegio había más rigor académico y disciplina que en La Salle.

Mis vacaciones, mientras transité desde el primer grado de primaria hasta el último de bachillerato, fueron siempre en Birán, zona de llanos, mesetas y alturas de hasta casi 1 000 metros, bosques naturales, pinares, corrientes y pozas de agua; allí conocí de cerca la naturaleza (11).

(11) Tuvo poco tiempo para conocer la naturaleza: Siete días en Semana Santa, Quince días en Navidades y Sesenta días durante las vacaciones de verano cada año. Total, menos de tres meses por año. Cualquier otro niño, de su mismo nivel social hubiera tenido mucho más tiempo.

Del Colegio Dolores, yo mismo tomé la decisión de trasladarme al Colegio Belén, en la capital de Cuba. El responsable más directo de los alumnos internos —más de 100—, el Padre Llorente, no era una persona autoritaria. El Padre Llorente no hablaba de política, ni recuerdo haberlo escuchado nunca opinar sobre el tema. Ambos estuvimos planificando una cacería de cocodrilos en la Ciénaga de Zapata, donde había miles de ellos; y en 1945, durante las últimas vacaciones de verano, organizamos un plan para escalar el Turquino. La goleta que debía llevarnos por mar, desde Santiago de Cuba hasta Ocujal, no pudo arrancar en toda la noche y no había otro camino. Recuerdo que llevaba una de las escopetas automáticas calibre 12 que tomé de mi casa (12).

(12) Que diferencia de país. El adolescente podía andar libremente con una escopeta de cartuchos (calibre 12) automática. Tal vez sin permiso del padre. O lo que pudiera ser peor: Con el consentimiento del progenitor. El padre Llorente era bien arriesgado.

Al graduarme de bachiller en Letras, a los 18 años, era deportista, explorador, escalador de montañas, bastante aficionado a las armas —cuyo uso aprendí con las de mi padre—, y buen estudiante de las materias impartidas en el colegio donde estudiaba.

Me designaron el mejor atleta de la escuela el año que me gradué, y jefe de los exploradores con el más alto grado otorgado allí.

En el anuario de la escuela, correspondiente al curso en que me gradué, aparece una foto mía con las siguientes palabras:

Fidel Castro (1942-1945). Se distinguió en todas las asignaturas relacionadas con las letras. Excelencia y congregante, fue un verdadero atleta, defendiendo siempre con valor y orgullo la bandera del colegio. Ha sabido ganarse la admiración y el cariño de todos. Cursará la carrera de Derecho y no dudamos que llenará con páginas brillantes el libro de su vida. Fidel tiene madera y no faltará el artista. (13)

(13) Desde entonces le encantan los vaticinios. Ha llenado de páginas brillantes su libro y de, páginas de luto y miseria, los libros de más de 12 millones de cubanos. La madera era del árbol de la guayaba: dura, elástica, resistente e inservible para usos económicos que no sean el de la fruta madura, aunque algunos consideren que se puede utilizar en construcción pesada de exteriores y exteriores, ebanistería (gabinetes y pisos), estructuras para puentes y botes.

En realidad, debo decir que yo era mejor en Matemática que en Gramática. La encontraba más lógica, más exacta. Estudié Derecho porque discutía mucho, y todos afirmaban que yo iba a ser abogado. No tuve orientación vocacional (14).

(14) ¡Infeliz criatura!

Cuando me gradué de bachiller en Letras, no existía más que una universidad, la de La Habana. Salvo excepciones, casi todos los alumnos procedían de familias de la pequeña burguesía (15).

(15) Clase media. Su hermana Juanita dice, en su libro, que el padre realizó ingentes esfuerzos para que Fidel Castro estudiáse en los Estados Unidos, aun después de su matrimonio con Mirtha Díaz-Balart.

No asistí a la universidad desde el primer día, pues rechazaba las humillantes prácticas de las llamadas novatadas, consistentes en rapar a la fuerza a los recién llegados. Pedí que me pelaran bien bajito para identificarme como alumno nuevo (16).

(16) No lo dice claramente, pero se intuye: Ante el temor de las novatadas, eludió entrar en los primeros días. Luego se presentó con el corte de cabello "bien bajito", para "engañar" a los alumnos de años posteriores, haciéndose pasar por un novato que ya había sido "novateado". Esta ha sido una de sus características personales hasta nuestros días. El temor personal y el engaño.

Después de resolver el complejo problema del alojamiento, me fui al estadio universitario, buscando cómo incorporarme a los deportes. Había básquet, pelota, campo y pista, todo lo que me gustaba. Trabajo me costó liberarme del compromiso con el manager de básquet de Belén. Hacía tiempo había acordado proseguir como discípulo suyo en ese deporte, pero él era entrenador de un club aristocrático. Le expliqué que no podía ser estudiante de la universidad y jugar en otro equipo contra esta. No entendió y rompí con él (17). Comencé a entrenar en el equipo universitario de básquet. También la escuela reclamó que jugara pelota por mi facultad y le dije que sí.

(17) Otra de sus características, repetida sin fin.

Los líderes de la facultad de Derecho solicitaron que fuera candidato a delegado por una asignatura, y no tuve objeción.

Me veía obligado a realizar muchas cosas en un día, y residía en un reparto distante, donde Lidia, la hermana mayor por parte de padre, siempre atenta y afectuosa con nosotros, decidió vivir al trasladarse de Santiago de Cuba a La Habana cuando inicié mis estudios universitarios.