domingo, 21 de febrero de 2010

Haití y el neofeudalismo totalitario


Me gusta la historia. Saber de donde venimos e intuir hacia donde vamos. También el ajedrez. Es un juego bélico, mucho mejor que los soldaditos que nos regalaban cuando niños.

En mi época infantil y pre-adolescencia, asistía asiduamente a un autocine en las cercanías de mi casa o un poco más lejos (los fines de semana), en Guanabo, donde podíamos escoger entre dos cines. Ya existía la televisión y aunque la calidad no fuera del todo buena, las aventuras de Rin Tin Tin, de Flash Gordón o Los Jinetes de MacKenzie me pegaban al televisor de forma casi permanente. La radio no me interesaba mucho. Prefería utilizar la imaginación leyendo a Salgari, Edgar Rice Burroughs o Julio Verne.


El primer colegio, al que asistí, fue el de “Los Hermanos Maristas”, una congregación religiosa de la Iglesia Católica dedicada a la educación de niños y jóvenes. Allí aprendí el catecismo y la Historia Sagrada, todo lo cual compaginaba perfectamente con mi imaginación, aunque algunos pasajes me resultaran un tanto incomprensibles, como pudiera haber sido la famosa Arca de Noé. Pasados los años, no me queda otra alternativa que relacionarlos con los cambios físicos que sufre nuestro planeta desde hace miles y miles de años.


He leído la historia de la Grecia antigua, del Imperio Romano, de la revolución francesa y…, como buen cubano, nuestra historia, relatada por Miró Argenter y Ramón Roa. El primero demasiado épico. El segundo demasiado pesimista. En fin, el cubano si no llega, se pasa. Llegué a la conclusión que la historia la escriben los vencedores y que para conocer la verdad, es necesario leer las diferentes versiones de un mismo hecho, para luego sacar conclusiones propias y no dejarse llevar por lo que alguien (en beneficio propio) nos quiera trasmitir.

De esa forma, leyendo las “Obras Completas de José Martí”, regalo de mi madre, concluí que no era un busto a la entrada de un Colegio. Concluí más; he llegado a pensar que nuestro José Martí, era tan cubano como pudiera haberlo sido Carlos Roloff o Ernesto Guevara de la Serna.
“Patria es Humanidad”, decía Martí, educado en Zaragoza. Su pensamiento audaz, valiente y ético, era republicano y al igual que Bolívar, independentista. No socialista. Mucho menos marxista de ideas proletario-dictatoriales.
Siendo martiano, se puede ser anti-imperialista y anticomunista.
La revolución cubana de 1959 partía de esas bases. Luego fue traicionada por Fidel Castro y sus secuaces.

La dictadura de Fidel Castro no le ha dado dignidad al pueblo de Cuba. Mi país pasó, de ser una colonia española, de sistema económico basado en el trabajo de mano de obra esclava, a ser una república de sistema económico mono-productor, basado en el trabajo de mano de obra asalariada. Nada ha cambiado con el “sistema fidelista”.

Pasados 50 años nuestro pueblo se encuentra explotado por una casta de funcionarios con un líder sempiterno al frente, capaz de insertar en una constitución totalitaria, un acápite que dice ser imposible revertir el sistema. Es el absurdo de lo absurdo. De esa forma no se puede evolucionar. Se conculca el desarrollo.

Fidel Castro ha utilizado el pensamiento de José Martí en beneficio propio y lo hizo cómplice del asalto al Cuartel Moncada. Aun hoy hace más: Pretende formar un trío con los personajes fríos de Marx y Lenin.


En nombre del progreso y el desarrollo, Fidel Castro ha sumido al pueblo de Cuba en una miseria solo comparable con Haití y los más atrasados pueblos africanos. Robó las tierras de los latifundistas, para hacerlas propias y dejar de explotarlas. La mano de obra asalariada pasó a ser mano de obra esclava de sus intereses personales de combatir al imperialismo donde quiera que esté.


De Bolívar, Martí dijo: “…lo que él no dejó hecho, sin hacer está hasta hoy: porque Bolívar tiene que hacer en América todavía.”
“Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo.”
Siempre servir a la América. Nunca servirse de ella, como es el caso de Fidel Castro y Hugo Chávez.

En estas circunstancias, tiene lugar en Haití una catástrofe natural sin precedentes, mientras que en la América Latina varios gobiernos ensayan un proyecto neo-feudal, basado en el sistema fidelista, que los lleva irremediablemente a una crisis económica aumentada.

Estos gobiernos, especialmente el de Venezuela, se refugian (para encubrir sus fracasos) en la actual crisis financiera internacional. Culpan, de sus problemas, a las guerras que tienen lugar en el lado opuesto del planeta. Pretenden hacer creer que el gasto en que se incurre, podría desarrollar (en poco tiempo) a todos los países subdesarrollados y “evitar” el publicitado “cambio climático”. ¡Pamplinas!

Luego de intentar sabotear la Cumbre de Copenhague, se lamentan y auguran el fin de la especie humana.

La tragedia de Haití permite ejemplificar como el totalitarismo fidelista utiliza la burda propaganda política, para dar lecciones de lo que se debe hacer:

Las instituciones financieras, reunidas en Montreal, estudian como ayudar económicamente a Haití, de forma racional, causando mínimos gravámenes a los países solidarios.
El régimen de Hugo Chávez, por el contrario, decide condonar la deuda económica de 167 millones de dólares, en detrimento del bienestar económico del pueblo venezolano, que ya sufre las consecuencias energéticas de una administración despilfarradora del patrimonio público.

La crisis económica del régimen de Hugo Chávez, se puede medir, a partir del momento en que decide garantizar los suministros de petróleo, a la mayoría de los países caribeños (Cuba incluida), con “facilidades especiales” de pago. De esa manera comienza la crisis.

Fidel Castro lo reconoce al decir: “En el caso de Cuba, después que la URSS colapsó, el Gobierno Bolivariano impulsó un crecimiento extraordinario del comercio entre ambos países, que incluía el intercambio de bienes y servicios, que nos permitió enfrentar uno de los períodos más duros de nuestra gloriosa historia revolucionaria”. “Cuando más lo necesitaba nuestra América, estalló finalmente la Revolución Bolivariana”.


Traducción:
En el caso nuestro, después que la URSS se desmerengó, el gobierno de Hugo Chávez impulsó un crecimiento extraordinario del comercio, que incluía el intercambio de bienes (para el régimen cubano) y servicios (para el régimen venezolano), que nos permitió salvar el pellejo. Cuando más lo necesitaba nuestro régimen, fue elegido presidente, Hugo Chávez, en Venezuela.