martes, 3 de julio de 2007

Fidel Castro y García Márquez

Este es el Fidel Castro que no quiere reconocer Gabriel García Márquez.



Su desprecio por la palabra. Su poder de incitación a la violencia. Capaz de causar problemas en cualquier parte. Los ímpetus de la torpeza eran propios de su estilo. Los libros no reflejaban muy bien la estrechez de sus gustos. Dejó de fumar porque le estaba haciendo daño. Se mantenía en excelentes condiciones físicas con varias horas de gimnasia diaria y de natación frecuente, que para eso le sobraba el tiempo. Exasperación invencible. Desorden férreo. La fuerza de la enajenación mental lo arrastró siempre a los desastres económicos. Nunca ha trabajado y ha descansado en demasía en Cayo Largo del Sur.

Conversando fatiga aun a los interlocutores, abruma. Escribe regular y lo hace cuando no le queda otra alternativa. El mayor estímulo de su vida es la insensibilidad de aquellos de quienes se rodea. La escenificación parece haber sido su medio ecológico perfecto. Empieza siempre con voz casi inaudible porque nunca tuvo mucha, con un rumbo incierto (aparentemente), pero se aprovecha de cualquier oportunidad para ir ganando terreno, palmo a palmo, hasta que le da una especie de delirium tremens y se impone a la audiencia. Es la negación: el estado de ordeno y mando insufrible e intranquilizante, que sólo conocen aquellos que han tenido la desgracia de vivirlo.

Ha utilizado a José Martí a su antojo y conveniencia y ha tenido la desfachatez de intentar incorporar su ideario (el de Martí) a un intento de socialismo tropical.

La esencia de su egolatría podría estar en la certidumbre de que hacer trabajo de masas se traduce fundamentalmente en oprimir al pueblo en aras de su afán de protagonismo.

Tiene una palabra para cada objeto de su satisfacción personal y un modo distinto para tratar de convencer a sus contados interlocutores. Cree situarse al nivel de cada uno, debido a disponer de una información que le permite moverse con facilidad en cualquier medio. Una cosa se sabe con seguridad: esté donde esté, como esté y con quien esté, Fidel Castro está allí para mandar.

Su actitud ante los reveses, aun en los actos mínimos de la vida cotidiana, parece obedecer a la ira de un sicópata: ni siquiera lo admite, y no tiene un minuto de sosiego mientras no logra invertir los términos y convertir el revés en victoria, aunque sea pírrica. Nadie puede ser más obsesivo que él cuando se ha propuesto llegar al fondo de cualquier cosa. No hay un invento colosal o milimétrico, en el que no se empeñe con una pasión enfermiza, aun a sabiendas de que al final será uno más de sus fracasos. Esas son las ocasiones en que ha aparentado mejor talante y mejor humor. Alguien que cree conocerlo bien le dijo: Las cosas deben andar muy mal, porque usted está rozagante.

La obsesión compulsiva es uno de sus modos de trabajar. Ej.: El tema de la deuda externa de América Latina, había aparecido por primera vez en sus conversaciones desde hacía unos dos años, y había ido evolucionando, ramificándose, profundizándose. Lo primero que dijo, era que la deuda era incobrable e impagable. Después aparecieron los hallazgos escalonados: Las repercusiones de la deuda en la economía de los países, su impacto político y social, su dudosa influencia en las relaciones internacionales, su aun más dudosa importancia, más providencial que otra cosa, para una política unitaria de América Latina...

Su más rara virtud de político es esa facultad de conspirador nato para darle la vuelta a la evolución de un hecho hasta sus últimas consecuencias, pero esa facultad no la ejerce por iluminación, sino como resultado de un aparato represivo arduo y tenaz. Su auxiliar supremo es la memoria y la usa hasta el abuso en discursos o charlas privadas con retórica abrumadora y operaciones aritméticas previamente calculadas .

Requiere el auxilio de una información incesante, bien masticada y digerida. Su tarea de acumulación informativa principia desde que despierta. Desayuna opíparamente, mientras lee con fruición no menos de 200 páginas de noticias del mundo entero. Durante el día le hacen llegar informaciones urgentes donde esté, calcula que cada día tiene que leer unos 50 documentos y a eso hay que agregar los informes de los servicios oficiales y de sus visitantes y todo cuanto le pueda interesar.

Las respuestas tienen que ser exactas, pues no permite la mínima contradicción de una frase casual. Otra fuente de vital información son los libros. Es un lector voraz. Le dedica todo el tiempo que considere necesario aunque deje de cumplir con otras “obligaciones”. Muchas veces se ha llevado un libro en la madrugada y a la mañana siguiente, después de dormir hasta las tantas, lo comenta. Lee el inglés pero se resiste a hablarlo. Prefiere leer en castellano y a cualquier hora está dispuesto a leer un papel con letra que le caiga en las manos. Es lector habitual de temas económicos e históricos. Es un buen lector de literatura y la sigue con atención.

Tiene la manía de los interrogatorios rápidos. Preguntas sucesivas, muchas veces en forma de sorna que él hace en ráfagas instantáneas hasta ridiculizar al cuestionado. Cuando un visitante de América Latina le dio un dato apresurado sobre el consumo de arroz de sus compatriotas, él hizo sus cálculos mentales y dijo: Qué raro, que cada uno se come cuatro libras de arroz al día. Su táctica maestra es preguntar sobre cosas que sabe, para confirmar sus datos. Y en algunos casos para medir el calibre de su interlocutor, y demostrarle, en consecuencia, su insignificancia.

No pierde ocasión de lucirse. Durante la guerra de Angola describió una batalla con tal minuciosidad en una recepción oficial, que costó trabajo convencer a un diplomático europeo de que Fidel Castro no había participado en ella y a muchos otros de como era posible que desatendiese los problemas cruciales de su país para dedicarse a jugar a la guerra.

El relato que hizo de la captura y asesinato del Che, el que hizo del asalto de la Moneda y de la muerte de Salvador Allende o el que hizo de los estragos del ciclón Flora, eran grandes reportajes hablados que a muchos nos pareció como que trataba de justificar los tantísimos errores cometidos.

Trata por todos los medios posibles de que su visión de América Latina en el porvenir, parezca la misma de los próceres de la independencia ibero-americana, una utopía, capaz de mover el destino del mundo.

En una entrevista de varias horas, se detiene en cada tema, habla y habla sin cesar sin descuidar la precisión, consciente de que una sola pregunta mal contestada, puede causar estragos irreparables. Jamás ha contestado ninguna pregunta provocadora aunque al final de su vida haya perdido la paciencia en más de una ocasión.

Hace caso omiso a los que tratan de escamotearle la verdad: Él la sabe. A un funcionario que lo hizo le dijo: Se, que por debajo de la mesa están recibiendo dólares de las empresas extranjeras para las cuales trabajan, pero lo verdaderamente importante es no dejar de ser “revolucionarios”. Las más graves, sin embargo, son las verdades que él mismo oculta para encubrir las deficiencias de su régimen, pues al lado de los enormes desaciertos de su llamada revolución, los errores políticos, científicos, deportivos y culturales hay una incompetencia burocrática colosal que afecta a casi todos los órdenes de la vida diaria, y en especial a la felicidad doméstica.

Cuando habla con la gente de la calle, recobra expresividad en la representación cruda de los afectos reales. Lo llaman: Fidel. Lo rodean aun a sabiendas de que corren serios riesgos, lo tutean, no lo discuten, no lo contradicen, no le reclaman. Es entonces que se descubre lo hipócrita que resulta ser.

Este es el Fidel Castro que no quiere reconocer Gabriel García Márquez: Un hombre de costumbres despilfarradoras e ilusiones personalistas, con una educación formal, de palabras cuidadosamente elaboradas y modales cuasi femeninos e incapaz de concebir ninguna idea que no sea descomunalmente esquizofrénica.

Sueña con que sus científicos encuentren la medicina final contra el cáncer y ha pretendido crear una política exterior de potencia mundial.

Utiliza, como nadie, lo que él considera el logro mayor de su sistema totalitario, el lavado de cerebro que llama con insidia “la formación de conciencia” y utiliza los estímulos morales, pues no le es posible utilizar los materiales (carece de ellos), para su empeño de cambiar el mundo y empujar la historia.

Al verlo muy abrumado, alguien le preguntó que era lo que más le gustaría hacer en éste mundo y le contestó:
“Una guerra mucho más larga y grande: Más grande que la que he echado contra los yanquis. Me doy cuenta que ese ha sido mi destino''.

http://manchiviri.blogspot.pt/2007/07/la-internet-de-fidel-castro.html